mercredi 15 mai 2013

Amérique latine



Amérique Latine.
Terre violée.
Où le viol des femmes indigènes.  

J’y étais déjà. 

Avant. 

Le pacte scellé dans la chair.
Le viol par le fils.
De ces mêmes femmes.
 
 
J'étais de là-bas.
De cette terre-là.







América latina
 

América latina.
Tierra violada.
Donde la violación de las mujeres indígenas.

Ya estaba ahí. 

Antes. 

Del pacto sellado en la carne.
La violación por el hijo.
De aquellas mujeres.
 

Era de allá.
De aquella misma tierra.








dimanche 7 avril 2013

Encuentro por el tiempo (XXIII)

 
Había vuelto el sol. Había vuelto a lo suyo ella. Las cosas parecían estar en su lugar. No había realmente fecha de reencuentro. Hasta que… ¡Llamó él! Para decir que se venía a la mañana siguiente. Temprano. Era un lunes a la noche. De junio. Venía a la mañana para regresar el miércoles a la mañana – a la tarde empezaba el laburo. ¡La sorprendió tanto! ¡Que hiciera tanto viaje, así, para tan poco tiempo! ¡Para verla a ella! Le pareció casi raro. Sospechoso. ¿Alguien haciendo algo para ella…? Seguro algo era de temer… Sintió que se iba poniendo poco racional. Pero estaba tan poco acostumbrada a las sorpresas… buenas. ¿En serio venía él a verla, así? La felicidad le era tan extraña, la de verdad, que no pudo dejar de mezclarla con la incertidumbre. ¡Cuánta felicidad! ¡Cuánto miedo! ¡Venía a verla!
 
Llegaría a la mañana. Temprano. Tendría que madrugar. Llegaría a casa de ella mientras ella estaría fuera. Así que cuando regresaría a su casa, se lo encontraría. ¡Qué fiesta! Pero cuando lo llamó ella al salir de eso que había tenido que hacer, pensando que estaba ya en su casa, le contestó muy enojado. ¡No se había despertado! ¡No se había tomado el tren! Ah. Con razón no se lo había creído del todo ella… Iba pensando eso, y le hacía mal. Cuando iba insistiendo él. ¡En que quería venir! ¡Ya! ¡En que estaba buscando otro tren! ¡En que le daba igual! ¡En que quería verla! Bueno, a ver…
 
Llegaría a mediados de la tarde. ¿Le convenía a ella? Si no podía venir a buscarle en la estación, daba igual, podía llegar él solo a su casa. Sí, le convenía. Sí, podía ir a buscarle en la estación. ¡¿Cómo no?! Luego tendrían que regresar rápido a su casa, para salir rápido, porque a las 18h30 daba su taller de danza-teatro. Quería venir él. Dijo él que quería venir. Hacerlo. Bailar. ¡Qué cosa! Caliente-frío-caliente. Adentro de ella. Mucha mezcla. Pero por ahora parecía que ahí se quedaba la cosa. Caliente…
 
Fue a buscarlo. Estaban locos de felicidad los dos. Como ebrios. Volvieron a casa. Se las arreglaron para hacer el amor con el poco tiempo que tenían. Salieron ya para ir al estudio de danza. Fueron caminando. Hacía buen tiempo – aunque algo fresco para junio. Pasaron por los Grandes Bulevares. Delante el edificio antiguo del Crédit Lyonnais – donde había trabajado de joven el padre de ella durante dos veranos. Pasaron por el pasaje Choiseul – también como homenaje al padre de ella. Ahí pudo contarle él sobre el teatro de los Bouffes Parisiens. Y al llegar al bulevar de la Opera, dijo él: «¡Ah, la Opera!». Se rio ella. Se rio él. Sí, ella pasaba por ahí dos veces a la semana. ¡Sí el no dejaba de ser un turista en la capital!
 
Al llegar al estudio de danza le dijo ella que le daba algo de vergüenza porque el lugar era muy feo. Dijo él que seguro exageraba ella. Entraron en el caserón. Subieron las escaleras. Él iba haciendo el tonto. Se iba perdiendo. Ella lo esperaba. Se reía. Se reían. Entraron en la sala. Lo primero que vio él, fue el piano. Más allá de que fuera tan feo el lugar. Dijo que sí, que estaba feo el lugar. Pero igual fue recto al piano. A averiguar cómo estaba acordado. ¡Lo estaba! Quitaron todas las sillas del espacio. Las guardaron de lado. Empezó a barrer ella, como de costumbre. La quiso ayudar él. Dijo ella que prefería que tocara el piano, algo tranquilo. Empezó a tocar. Qué paz. Qué placer. Barría ella. Tocaba él. Pensaba en su taller ella. Hacía música él.
 
Llegaba la hora de la clase. No llegaban las alumnas. Dejó de tocar él. Le empezó a hablar de su trabajo de danza ella. De la relajación. De la respiración. Del peso. Quiso practicar con él algún ejercicio que se había inventado para sentir el peso del brazo. Intentaron. Intentaba ella hacer que él sintiera. No lo conseguía mucho. Intentaba ella relajarle el brazo. No acertaba mucho. Igual, ya lo había intuido ella. No se sorprendió. Igual, no se lo tomaba mal él. Inclusive parecía que no se daba cuenta. Siguieron. Iba mejorando la cosa. ¡Pero, en el momento de coordinar brazo y cabeza, ya era otra cosa! ¡Y en el de coordinar brazo, cabeza, cadera, pies, pff! Por suerte llegaban las alumnas. Pocas. Con retraso. Pero suficientemente para dar el taller. Cada uno se centró. Se relajó.
 
Siguió él casi todo el taller. A su manera. Sólo se paró en el momento final de la coreografía. Para mirar. Mirarla. Lo sentía ella. La turbaba algo pero seguía intentando hacer como si nada. Para eso estaban las alumnas. Concentración.
 
Cuando terminó el taller, cuando se despidieron las chicas, aun había luz. Por eso le propuso ella ir a comer una sopa japonesa enorme en la calle de Santa Ana. Al lado. La calle de Santa Ana era famosa para eso: los restaurantes japoneses. El lugar donde siempre iba ella, lo había conocido por una amiga que quería mucho, y ya no veía mucho. Los abismos abismales de la vida. De ciertas vidas. Era un lugar muy pequeño y muy humilde. Sin ningún artificio decorativo. Estaba feliz ella. Feliz con llevarlo ahí. Con ver que le gustaba el lugar tanto como a ella. Con que se le viera. Que le gustaba. A él. Llevarlo ahí era algo como llevarlo a la propia cocina. Algo casi íntimo. Después de la clase de danza – otra cosa muy íntima – era muy fuerte. Porque no sabía él como era de gigante la sopa, quiso ravioles también. Le encantó a ella. Hablaron muy lindo. Muy de verdad. Muy fácil. Hablaron de la danza de ella – él nunca la había visto bailar. Hablaron de le pedagogía de la danza – del trabajar con adultos. De la respiración. Y entre todo eso, le dijo él que el lugar no era japonés sino coreano. ¡¿Qué sabía ella?! Se rieron. Comían. Estaban a gusto. Muy a gusto. Como que casi se extrañó ella. Sentirse tan bien. Tan fácilmente bien. Con alguien. Con él.
 
Fueron regresando a casa caminando. No estaban lejos. A la mañana siguiente se iba él. Ya. Pasaron por la Bolsa. Se rieron. Por el desacorde. Entró él en una tienda, a comprar agua con gas y galletitas de germen de trigo, para el tren. ¡Qué gracia le causaba él a ella! ¡Comía las mismas galletitas que ella! Llegaron a casa. Felices. Se acostaron. Felices. Se fue a tomar el tren él a la mañana siguiente. Solo. Antes se habían besado para despedirse.
 
 
 
 
 
 
Rencontre à travers le temps (XXIII)
 
 
Le soleil était revenu. Elle était retournée à ses affaires. Les choses semblaient être à leur place. Il n’y avait pas vraiment de date de nouvelle rencontre. Jusqu’à ce qu’… il appelle ! Pour dire qu’il arriverait le lendemain matin ! Tôt. C’était un lundi soir. De juin. Il voulait venir le lendemain matin pour repartir le mercredi matin – l’après-midi il commençait le travail. Ça l’a tellement surprise ! Qu’il veuille faire tout ce voyage, comme ça, pour si peu de temps ! Pour la voir, elle ! Que ça lui a semblé presque bizarre. Suspect… Quelqu’un qui voulait faire quelque chose pour elle… ? Il y avait sûrement quelque chose à craindre… Elle a bien senti qu’elle s’éloignait du rationnel. Mais elle avait si peu l’habitude des bonnes surprises. Il allait vraiment venir la voir ? Comme ça ? Elle avait si peu l’habitude du bonheur, le vrai, qu’elle n’a pas pu s’empêcher de la mêler à l’incertitude. Quel bonheur ! Quelle inquiétude ! Il venait la voir !
 
Il arriverait le matin. Tôt. Il se lèverait aux aurores. Il arriverait chez elle, quand elle n’y serait pas. C’est dire que quand elle rentrerait, il serait là. Quel bonheur ! Pourtant, quand elle l’a appelé, en sortant de ce qu’elle avait eu à faire, pensant qu’il était chez elle, il a répondu en colère. Il ne s’était pas réveillé ! Il n’avait pas pris le train ! Ah. Elle avait donc bien eu raison de ne pas y croire tout à fait… C’est ce qu’elle se disait, et ça lui faisait mal. Alors que lui, il insistait. Il voulait venir ! Tout de suite ! Il était en train de chercher un autre billet ! C’était pas grave ! Il voulait la voir ! Bon…
 
Il arriverait en milieu d’après-midi. C’était bon, pour elle ? Si elle ne pouvait pas venir le chercher à la gare, c’était pas grave, il pouvait venir tout seul chez elle. Oui, c’était bon pour elle. Oui, elle pourrait aller le chercher à la gare. Bien sûr ! Après, il faudrait rentrer vite chez elle, pour vite ressortir, parce qu’à 18h30 elle donnait son atelier de danse-théâtre. Il voulait venir. Il a dit qu’il voulait venir. Le faire. Danser. Ca alors ! Chaud-froid-chaud. A l’intérieur d’elle. Beaucoup de mélange. Mais pour le moment, ça semblait en rester là. Chaud…
 
Elle est allée le chercher. Ils étaient fous de joie. Comme ivres. Ils sont rentrés chez elle. Ils se sont débrouillés pour faire l’amour dans le peu de temps qu’ils avaient. Ils sont tout de suite ressortis pour aller au studio de danse. Ils y sont allés en marchant. Il faisait beau – juste un peu frais pour juin. Ils sont passés par les Grands Boulevards. Devant le bâtiment du Crédit Lyonnais – où son père à elle avait travaillé quand il était jeune, deux étés. Ils sont passés par le Passage Choiseul – toujours en hommage à son père. Là, il a pu lui raconter ce qu’il savait du théâtre des Bouffes Parisiens. Et quand ils sont arrivés au Boulevard de l’Opéra, il a dit : « Ah, l’Opéra ! ». Ça l’a faite rire. Ça l’a fait rire. Oui, elle passait par là deux fois par semaine ! Oui, il était toujours un touriste à la capitale !
 
En arrivant au studio de danse, elle lui a dit qu’elle avait un peu honte parce que l’endroit était vraiment moche. Il a dit qu’elle exagérait sûrement. Ils sont entrés dans la grande maison. Ils ont monté les escaliers. Il faisait l’idiot. Il faisait semblant de se perdre ! Elle l’attendait ! Elle riait. Ils riaient. Ils sont entrés dans la salle. La première chose qu’il a vue, c’est le piano. Au-delà de la laideur de l’endroit. Il a quand même dit que c’était vrai, que l’endroit était vraiment moche. Ça ne l’a pas empêché d’aller tout droit au piano. Pour voir s’il était accordé. Il l’était ! Ils ont ôté les chaises qui occupaient l’espace. Les ont rangées sur le côté. Et puis elle a commencé à balayer, comme elle avait l’habitude de le faire. Il a voulu l’aider. Elle lui a dit qu’elle préférait qu’il joue du piano, quelque chose de tranquille. Il s’est mis à jouer. Quel calme. Quel bonheur. Elle balayait. Il jouait. Elle pensait à son atelier. Il faisait de la musique.
 
L’heure de l’atelier approchait. Les élèves n’arrivaient pas. Il a arrêté de jouer. Alors, elle lui a parlé de son travail de danse. La relaxation. La respiration. Le poids. Elle a voulu lui montrer un exercice qu’elle avait inventé pour sentir le poids du bras. Ils ont essayé. Elle a essayé de l’aider à sentir. Elle n’a pas vraiment réussi. Lui faire détendre le bras. Ça ne marchait pas vraiment. C’était bien là l’intuition qu’elle avait eu. Ce n’était pas vraiment une surprise. Mais lui, il ne le prenait pas mal. On aurait même dit qu’il ne se rendait pas vraiment compte. Ils ont continué. Ça s’est un peu amélioré. Mais au moment de coordonner bras et tête, là, c’était une autre histoire ! Alors, au moment de coordonner bras, tête, bassin, et pieds, pff…! Heureusement, les élèves sont arrivées. Pas nombreuses. En retard. Mais assez pour faire l’atelier. Chacun s’est centré. Calmé.
 
Il a suivi presque tout l’atelier. A sa façon. Il ne s’est arrêté qu’à la fin, au moment de la variation. Pour  regarder. La regarder. Elle l’a senti. Ça l’a un peu troublée, mais elle a essayé de continuer à faire comme si de rien était. Les élèves servaient à ça. Concentration.
 
Quand l’atelier s’est terminé, quand ils ont dit au revoir aux élèves, il y avait encore de la lumière. C’est pour ça qu’elle lui a proposé d’aller manger une soupe japonaise géante, dans la rue Sainte-Anne. A côté. La rue Sainte-Anne était connue pour ça : ses restaurants japonais. L’endroit où elle avait l’habitude d’aller, elle l’avait connu grâce à une amie qu’elle aimait beaucoup, et qu’elle ne voyait presque plus. Les abîmes abyssaux de la vie. De certaines vies. C’était un endroit tout petit et modeste. Sans le moindre artifice décoratif. Elle était heureuse. Heureuse de l’emmener là. De voir que l’endroit lui plaisait autant qu’à elle. Heureuse que ça se voie. Sur lui. Qu’il était heureux. L’emmener là, c’était un peu comme l’emmener dans sa cuisine à elle. Quelque chose de presque intime. Et après le cours de danse – une autre chose intime – c’était fort. Comme il ne savait pas à quel point les soupes étaient énormes, il a voulu des raviolis en plus. Elle a adoré. Ils ont discuté d’une très belle façon. Très vraie. Très facile. Ils ont parlé de la danse – il ne l’avait jamais vue danser. Ils ont parlé de la pédagogie de la danse – du travail avec les adultes. De la respiration. Et au milieu de tout ça, il a dit que l’endroit n’était pas japonais mais coréen. Qu’est-ce qu’elle pouvait bien en savoir ! Ils ont ri. Ils mangeaient. Ils étaient bien. Très bien. Ça lui a presque semblé bizarre, à elle. De se sentir si bien. Si facilement bien. Avec quelqu’un. Avec lui.
 
Ils sont rentrés en marchant. Ils n’étaient pas très loin. Il repartait le lendemain matin. Déjà. Ils sont passés à côté de la Bourse. Ca les a fait rire. A cause de la dissonance ! Il est entré dans une épicerie, acheter de l’eau gazeuse et des biscuits au germe de blé, pour le train. Comme il était drôle ! Il mangeait les mêmes biscuits qu’elle ! Ils sont arrivés chez elle. Heureux. Se sont couchés. Heureux. Il est allé prendre son train le lendemain matin. Seul. Avant, ils s’étaient embrassés pour se dire au revoir.
 
 
 
 
 
 

mercredi 3 avril 2013

Peluche

 
 
 
Ta gentillesse répare mon enfance
 
Tu es comme ce nounours
Le même révélateur
De l’ignorance dans la chair
De ce qu’aurait été
Une enfance
 
La même douceur

Je pleure
 
 
 



Peluche

 

Tu ternura repara mi niñez
 
Sos igual que ese osito de peluche
El mismo revelador
De la ignorancia en la carne
De lo que hubiera sido
Una niñez
 
La misma dulzura

Lloro

 





jeudi 14 mars 2013

Encuentro por el tiempo (XXII)

 
Cuando sonó el despertador a la mañana siguiente, de madrugada, preparó un bolso ligero ella. En el mejor de los casos – si le abría la puerta – se quedaría una noche no más. Y como mayo había llegado, por fin, no necesitaba nada voluminoso. El tren salía sobre las 8h. Muy temprano para la dificultad de ella con el sueño. Sobre las 11h30 llegaría a la ciudad de él. Y seguía sin tener noticia alguna de él. Y seguía sin saber si estaría. Si le abriría. La puerta – para empezar.
 
Para la ocasión – para cuidarse algo a sí misma, reconfortarse algo – se había puesto el vestido negro. El que más le gustaba. Por ser lo necesariamente largo y ancho para ofrecer disimulo y descanso al cuerpo, y a la vez lo suficientemente femenino. Un vestido de baile, le parecía. De bohemia. Para volver a subir al mismo tren que hacía unos pocos días – mas con la angustia en la pansa ahora. Para volver a acudir al mismo libro – lo de la ligereza de la mariposa – por más que lo hubiera terminado ya. Y eso, porque quería volver a leer algunas cosas. Algunas cosas que le habían dejado una sensación como de incomprensión. Y como estaba necesitando entender – entenderlo a él, en realidad, mas como eso parecía imposible… No se le ocurrió otra cosa que arrimarse a lo de siempre: los libros. El entender conceptual. En general.
 
Quería revisar algo sobre el desacuerdo que abarca el amor. Algo que explicaba cómo el amar de verdad no se paraba en la contingencia de los desacuerdos cotidianos. Y ahí sí que lo entendió. Por lo cual, pensó que capaz había sido ella demasiado impaciente con él. Que capaz ella había carecido de amor para él, al no respetar su ritmo – más lento que el de ella. ¿Capaz la inmadura había sido sólo ella? Se quedaba presa de la duda, otra vez. Dentro del conflicto entre eso que acababa de entender – teóricamente – de la tolerancia amorosa, y la sensación abisal de falta de respeto de él para ella. ¿Quién tenía la culpa? ¿Quién era el loco? La pregunta de siempre. Otra vez. Cuando la víspera, había conseguido arrancarse de la duda – de la locura.
 
Sobre las 10h le mandó un mensajito ella para decirle que estaba en el tren, y que llegaría a su casa sobre el mediodía.
¡Contestó!
¡Estaba vivo! ¡Hablaba! ¡Le hablaba a ella!
Escribió que la esperaba en casa. Que tenía que tomarse la línea C del tranvía, dirección a Les Aubiers. Ya lo sabía ella. Mas le alegró igual que se preocupara algo él. Que le ayudara algo para ubicarse. Para llegar. Hasta su casa.
 
Había sol en la ciudad de él. El mismo sol que en la ciudad de ella, pero diferente. Sol de sur. Lo que tanto la nutría a ella. Lo que le había permitido otro idioma. Había sol en el tranvía de la ciudad de él. Nada que ver con el subte de la ciudad de ella. Y le parecía a ella que hacía tanto que no había sentido el sol. Sobre la piel. Se agarró de ello. Se consoló pensando que si llegara a echarla, se arroparía en el calor del sol. Bajó del tranvía en la Puerta de Borgoña. Subió la avenida ancha. Llegó a la callejuela de la casa de él. Volvía a estrecharse el espacio. Volvía a disminuir la luz del sol. Tocó el timbre de la puerta. Abrió él. Subió ella los cuatro pisos. La puerta del departamento estaba abierta. Estaba haciendo él… algo. Entró ella.
 
No parecía tan enfurecido él. Mas tampoco se le acercó. Tampoco la abrazó. Estaba haciendo… algo. Entre frío y no cerrado del todo. Le propuso café. El a ella. Pensó ella que era buena señal. Porque era costumbre de él hacer(le) café. Y si no modificaba sus costumbres, si seguía proponiéndole café, capaz no estaba perdido todo. Notó ella que se había comprado un árbol. Y que eso era lo que estaba haciendo: cuidar el árbol. Le encantó a ella. Le encantó que hubiera comprado un árbol, para poner en una buhardilla. Decía él que era una planta de Australia. Que la había comprado al despedirse de su madre, hacía un rato. Era cierto que este fin de semana había estado con su madre. Que había venido la madre a tomar el avión para regresar a Argel. Le gustó a ella que se hubiera comprado un árbol al despedirse de su madre.
 
Se sentaron frente a frente, con el café entre los dos, en la mesa de formica negro. Habló ella. Claro. Le preguntó si estaba tan enojado él con ella. Le dijo él que no. Le preguntó ella que por qué la había dejado así sin respuesta todo ese tiempo. Dijo él que no había tenido tiempo. No entendió muy bien ella. Mas sintió que no era mentira del todo. Que más bien, era mentira de quien no sabe qué contestar, ni tampoco por qué no sabe qué contestar. Le preguntó ella si eso había tenido que ver con lo que le había dicho de la «violencia» de ella. Dijo él que no. Que no era violenta ella. Que sabía él que no. Se alivió ella. ¡Tanto! Que casi ya no importaba nada del por qué y del cómo. No la había huido por su violencia. Y con eso bastaba. A ella, casi que le bastaba. Hablaron. De verdad. Como no lo habían hecho nunca. De lo de cada uno. Del miedo de él, después de los ochos años de vida con la persona inadecuada. De la necesidad de ella de comprensión – «comprensión» como el con-prender de la etimología –, de compartir. Algo.
 
Comieron. Durmieron la siesta. Estuvieron bien, otra vez. Más de verdad. Durmieron juntos. Volvió a tomar el tren ella. La acompañó él. Seguía el sol.
 
 
 
 
 
 
Rencontre à travers le temps (XXII)
 
 
Quand le réveil a sonné le lendemain matin, de bonne heure, elle a préparé un petit sac. Dans le meilleur des cas – s’il lui ouvrait la porte – elle ne resterait pas plus d’une nuit. Et comme mai était enfin arrivé, elle n’avait besoin de rien de bien volumineux. Le train partait vers 8h. Et c’était bien assez tôt pour son conflit avec le sommeil. Vers 11h30 elle arriverait dans sa ville. Elle n’avait toujours pas la moindre nouvelle de lui. Elle ne savait toujours pas s’il serait là. S’il lui ouvrirait. La porte – pour commencer.
 
Pour l’occasion – il fallait bien prendre un tant soit peu soin d’elle, se réconforter un minimum – elle avait mis sa robe noire. Celle qu’elle préférait. Parce qu’elle était comme il fallait, longue et large pour permettre la dissimulation et le repos du corps, et en même temps, suffisamment féminine. Une robe de danse, elle trouvait. De bohémienne. Pour remonter dans le même train que quelques jours plus tôt – avec l’angoisse au ventre, cette fois. Où elle en appelait au même livre – sur la légèreté du papillon – alors qu’elle l’avait fini. Parce qu’elle voulait relire des choses. Des choses qui lui avaient laissé comme une sensation d’incompréhension. Et comme elle avait besoin de comprendre – de le comprendre, lui, en réalité, mais comme il semblait que ce n’était pas possible… Elle ne trouvait rien de mieux que s’agripper là où elle s’était toujours agrippée : les livres. Comprendre conceptuellement. En général.
 
Elle voulait revoir quelque chose sur le désaccord compris dans l’amour. Quelque chose qui expliquait comment le fait d’aimer vraiment ne s’arrêtait pas à la contingence des désaccords quotidiens. Et là, elle a compris. Et là, elle s’est dit que peut-être qu’elle avait été trop impatiente, avec lui. Que peut-être qu’elle avait manqué d’amour, pour lui, en ne parvenant pas à respecter son rythme à lui – plus lent que le sien. Que peut-être que c’était elle, qui avait été immature ? Elle s’est remise à douter. Au milieu du désaccord entre ce qu’elle venait de comprendre – théoriquement –, de la tolérance amoureuse, et ce qu’elle ressentait de façon abyssale, de son manque de respect, à lui. A qui la faute ? Qui est fou ? Toujours la même question. Encore. Quand la veille, elle avait réussi à s’extraire du doute – de la folie.
 
Vers 10h elle lui a envoyé un sms pour dire qu’elle était dans le train, et qu’elle arriverait chez lui vers midi.
Il a répondu !
Il était vivant ! Il parlait ! Il lui parlait !
Il a écrit qu’il l’attendrait chez lui. Qu’il fallait qu’elle prenne la ligne C du tram, direction Les Aubiers. Elle le savait déjà. Mais ça l’a apaisée de voir qu’il se souciait un peu d’elle. De voir qu’il l’aidait un peu à s’orienter. Pour arriver. Chez lui.
 
Il y avait du soleil dans sa ville. Le même soleil que dans sa ville à elle, mais différent. Le soleil du sud. Qui la nourrissait tant. Qui lui avait permis une autre langue. Il y avait du soleil dans le tram de sa ville. Rien à voir avec le métro de sa ville à elle. Et elle avait l’impression, qu’il y avait longtemps qu’elle n’avait pas senti le soleil. Sur sa peau. Elle s’en est tenue à ça. Elle s’est dit que s’il devait la jeter, elle pourrait toujours s’envelopper dans la chaleur du soleil. Elle est descendue du tram, Porte de Bourgogne. Elle a remonté la grande avenue. Elle est arrivée dans la petite rue où il habitait. L’espace se rétrécissait à nouveau. La lumière du soleil diminuait à nouveau. Elle a sonné à l’interphone. Il a ouvert. Elle a monté les quatre étages. La porte de son appartement était ouverte. Il était en train de faire… quelque chose. Elle est entrée.
 
Il n’avait pas l’air si en colère. Il ne s’est pas non plus approché. Il ne l’a pas non plus embrassée. Il était en train de faire… quelque chose. Distant et pas totalement fermé. Il lui a proposé du café. Lui à elle. Elle s’est dit que c’était bon signe. Parce qu’il avait l’habitude de (lui) faire du café. Et que s’il ne changeait pas ses habitudes, s’il lui proposait encore du café, peut-être que tout n’était pas perdu. Elle a vu qu’il s’était acheté un arbre. Que c’était ça qu’il était en train de faire : s’occuper de l’arbre. Ça lui a plu. Ça lui a plu qu’il ait acheté un arbre pour mettre sous les toits. Il a dit que c’était une plante d’Australie. Qu’il l’avait achetée après avoir dit au revoir à sa mère, tout à l’heure. Il avait été avec sa mère ce week-end, c’était vrai. Elle était venue prendre l’avion pour retourner à Alger. Ça lui a plu, à elle, qu’il ait acheté un arbre après avoir dit au revoir à sa mère.
 
Ils se sont assis face à face, avec le café au milieu, sur la table en formica noir. C’est elle qui a parlé. Bien sûr. Elle lui a demandé s’il était à ce point en colère contre elle. Il a dit que non. Elle lui a demandé pourquoi il l’avait laissée comme ça, sans réponse, pendant tout ce temps. Il a dit qu’il n’avait pas eu le temps. Elle n’a pas très bien compris. Mais elle a pu percevoir que ce n’était pas tout à fait un mensonge. Que c’était plutôt le mensonge de quelqu’un qui ne sait pas quoi répondre, ni pourquoi il ne sait pas quoi répondre. Elle lui a demandé si ça avait eu à voir avec ce qu’il avait dit de sa « violence » à elle. Il a dit que non. Qu’elle n’était pas violente. Qu’il savait qu’elle ne l’était pas. Ça l’a soulagée. Tellement ! Que ça ne comptait presque plus, le pourquoi et le comment. Il ne l’avait pas fuie à cause de sa violence. Et ça lui suffisait. A elle, ça lui suffisait presque. Ils ont parlé. En vrai. Comme ils ne l’avaient encore jamais fait. Des choses de chacun. De sa peur à lui, après les huit années passées avec la mauvaise personne. De son besoin à elle, de compréhension – « compréhension » comme le prendre-avec de l’étymologie –, de partage. De quelque chose.
 
Ils ont mangé. Ils ont fait la sieste. Ils ont été bien, à nouveau. Plus en vrai. Ils ont dormi ensemble. Elle a repris le train. Il l’a accompagnée. Il y avait encore du soleil.
 
 
 
 
 

lundi 25 février 2013

 
 
 
La danse c’est
Dire ce qu’on ne peut pas dire
(ce qu’ils n’ont pas voulu savoir)
 
Parfois
On ne dit pas les choses
Parce qu’on sait
 
Qu’ils ne veulent pas savoir
 
Comment on sait ?
Parce qu’on n’a jamais su que ça
Depuis toujours
 
Je danserai
C’est tout
 
 
 
 
(Photo d'Audrey Lange)





El baile es
Decir lo que no se puede decir
(lo que no quisieron saber)

 
A veces
No se dicen las cosas
Porque se sabe

Que no quieren saber 

¿Cómo se sabe?
Porque no se supo nunca nada más
Desde siempre

 
Bailaré
Y nada más




lundi 18 février 2013

Naissance




Quand je suis née
Ma mère était en train de se battre
Contre les nazis
 

J’ai été déportée
 

De l’amour
 

Jetée
 

Dans la folie des électrochocs







Nacimiento

  

Cuando nací
Mi madre estaba peleando
Contra los nazis
 

Fui deportada
 
 
Del amor
 

Echada
 

Dentro de la locura de los electroshocks

 




samedi 16 février 2013

Encuentro por el tiempo (XXI)

 
Así que él no quería de la «violencia» de ella. ¡Mirá vos! No se lo podía creer. Con lo que había aguantado ella. No. La loca no era ella. Lo único, era decirle que lo que llamaba «violencia» era reacción suya a algo suyo. O más bien reacción a algo que él no hacía. Reacción a su ausencia. A su silencio. Que lo que recibía como exaltación de ella era una llamada. Una llamada a que reaccionara. El. A que dijera algo. A que entendiera algo. Entendió. Entendió eso. Dijo que no había pensado en que algo así pudiera pasar, pero que entendía. Que podía ser. Que entendía que lo que sentía como violencia podía ser el eco que le devolvía ella a su ausencia. A la violencia esa. De él. Y, que entendiera eso, que esa ausencia de él le podía hacer daño a ella, la alivió. Alguna esperanza de retorno al entenderse. Se tranquilizó el tema. Como desarmar una bomba.
 
Cuando volvieron a hablar, después de que se hubieran acostado los alumnos del lugar donde laburaba él, hablaron de cosas banales y bonitas de la vida. Le comentó él de la luna, le la boda musulmana de sus primas, de sus Relojes. Le contó ella de su amiga embarazada que seguía viniendo a la clase de danza. Todo bien. Pero estaba cansado él. Muy cansado. Se desearon buenas noches. Estaba en paz ella. Pudo dormir. Volver a dormir. A la mañana siguiente despertó feliz. Con ganas de estar con él. De compartir con él. De estar abrazada a él. Sabía que tenía él un día largo de laburo. Que luego estaría frito. Que regresaría a su ciudad a pasar la noche con sus amigos de bares. A olvidar. Cuando tenía ganas ella de mantener el hilo con él. Cuando pensaba ella que la tormenta ya había pasado.
 
Esperó a que pasara la tarde. A que empezara la noche. Le mandó un mensajito cuando pensó que estaría en el tren. No contestó. Tres horas después, la llamó. Muy superficial. De nuevo muy superficial. Había salido a cenar con su amigo con edad de casi padre. Estaba más lejano que nunca. El cansancio de los días de laburo. Seguro. No se pudo intercambiar nada. Nada. Como que él estaba harto, y ya. Cortaron. Con palabras vacías. Se llenó de vacío ella. Del vacío de él. Y sintió que no saldría fácilmente.
 
A las 23h mandó un mensajito diciendo que pensaba que no iba a lograrlo. Que pensaba que él no tenía ganas.
No contestó.
 
A las 00h35 mandó un mensajito para preguntarle si dormía.
No contestó.
 
Se pasó la noche en blanco ella. Se levantó para tragarse dos ansiolíticos. No sirvió.
 
A las 5h de la mañana miró una peli: La bella gente. Una película italiana. Sobre una pareja pequeño-burguesa que recoge a una joven prostituta explotada por inmigrada. Que la ayuda con tal que se porte como quieren ellos; que se quede sombra agradecida. Un tema familiar para ella. Volvió a acostarse cuando terminó la peli. Se levantó lo más tarde posible. Y cuando se levantó, se entretuvo corrigiendo un texto en que trabajaba.
 
A las 15h lo llamó.
No contestó.
Pensaba que había ido a comer ostras en el mercado, como de costumbre.
Mandó mensajito él: «Lo siento. No es el momento. Te llamo más tarde.»
Lapidario.
Se quedó paralizada ella. Otra vez el parálisis.
 
Llamó a una amiga. Se puso a escribir. Miró otra película: Pieds nus sur les limaces. Sobre dos hermanas. Una cuidando de la otra – enferma de la cabeza. Muy poética. Mas seguía la angustia. A lo bestia. El dolor de cabeza. Se tomó de vuelta dos ansiolíticos. Y paracetamol.
 
A las 23h35 mandó un mensajito diciendo que había estado enferma. No quería caer en la porquería del chantaje afectivo, mas realmente padecía, y no entendía. No entendía por qué y cómo seguía el silencio de él.
No contestó.
Se acostó ella.
 
A las 00h30 llamó ella. Por más que supiera que estaba cayendo en lo muy patético. Se sentía completamente superada. Al borde del precipicio – y sin paracaídas.
No contestó.
Hizo lo que pudo para dormirse ella.
 
Al día siguiente – domingo – seguía sin la más mínima señal de vida.
Escribió. Lo que le había aconsejado la amiga. Le escribió a él. Le escribió con benevolencia. Con ternura. Esperanza.
Le mandó lo que había escrito por correo electrónico.
Por mensajito, le dijo que le había mandado correo electrónico.
Nada.
Llamó ella.
Nada.
Se sentía tan… patética. Ridícula. Dolorida.
 
Llamó a un amigo que tenían en común los dos. Un amigo de él, que había conocido ella, al conocerlo a él. En el momento en que había ingresado en el conservatorio de arte dramático. Cuando frecuentaba el bar de enfrente de su casa donde hacían esas fiestas a lo Kusturica. Le contó lo mal que estaba. Cómo estaba sin noticias de él desde hacía dos días. El amigo estaba… exasperado. Si seguía portándose así, desapareciendo, huyendo… No podía ser. ¡Obviamente se volvía loca ella! ¡Porque eso que hacía él era para volver loco! Y ya no tenían veinte años. El amigo dijo que lo que más le exasperaba de él, era su indolencia. Y añadió eso, que le llamó mucho la atención a ella: que parecía que no había manera de conocerle. También dijo que ella tenía derecho a dormir – él había sabido de los insomnios de antes. Que no podía impedirle dormir así. La conmovió a ella, todo eso que decía el amigo. Sí que la cuidaba él. El amigo.
 
No llamó. En todo el día no llamó él.
Por eso, antes que acostarse tomó aquella decisión ella: ir a verle a la mañana siguiente.
Miró los horarios de trenes. El boleto costaba mucha plata. Y no sabía si hacer eso no era otra locura más. Sin embargo pudo concederse – a sí misma – que no podía hacer otra cosa. Esperar más. Mantenerse presa del silencio y la desaparición. De él.
 
 
 
 
 
 
 
Rencontre à travers le temps (XXI)
 
 
Donc, il ne voulait pas de sa « violence ». Alors ça ! Elle n’en croyait pas ses yeux. Quand on savait ce qu’elle avait contenu. Non. Ce n’était pas elle, la folle. La seule chose qu’elle pouvait encore faire, c’était lui dire que ce qu’il appelait « violence » n’était qu’une réaction à quelque chose à lui. Ou plutôt réaction à quelque chose qu’il ne faisait pas. Réaction à son absence. A son silence. Que ce qu’il recevait comme de l’exaltation n’était rien d’autre qu’un appel. Un appel à ce qu’il réagisse. Lui. A ce qu’il dise quelque chose. A ce qu’il comprenne quelque chose. Il a compris. Il a compris ça. Il a dit qu’il n’avait jamais pensé que quelque chose comme ça puisse se produire, mais qu’il comprenait. Que ça lui semblait possible. Qu’il comprenait que ce qu’il pensait être de la violence pouvait n’être que l’écho de son absence. De cette violence-là. A lui. Et qu’il comprenne ça, que son absence puisse lui faire du mal, à elle, ça l’a apaisée. Espoir de retour à la compréhension. Ça s’est calmé. Comme désamorcer une bombe.
 
Quand ils se sont reparlés, après que les élèves de l’endroit où il travaillait se soient couchés, ils ont parlé des choses toutes simples de la vie. Il a parlé de la lune, du mariage musulman de ses cousines, de ses Horloges. Elle a parlé de son amie, qui était enceinte, et qui continuait à venir au cours de danse. Tout allait bien. Mais il était fatigué. Très fatigué. Ils se sont souhaité bonne nuit. Elle était apaisée. Elle a pu s’endormir. Renouer avec le sommeil. Le lendemain elle s’est réveillée heureuse. Avec l’envie d’être auprès de lui. De partager avec lui. D’être enlacée à lui. Elle savait qu’il avait une longue journée de travail. Qu’après, il serait cuit. Qu’il rentrerait dans sa ville, pour passer la soirée avec ses amis des bars. A oublier. Alors qu’elle, elle avait envie de garder le fil avec lui. Alors qu’elle, elle pensait que l’orage était passé.
 
Elle a attendu que l’après-midi passe. Que la soirée arrive. Elle a envoyé un message quand elle a pensé qu’il serait dans le train. Il n’a pas répondu. Il l’a appelée trois heures après. Tout à fait superficiel. A nouveau. Il était sorti dîner avec son copain à l’âge d’être presque son père. Il était plus lointain que jamais. La fatigue des jours de travail. Sûrement. Ça n’a pas été possible d’échanger quoi que ce soit. Rien. Du genre « j’en ai marre, je ne veux rien savoir ». Ils ont raccroché. Avec des mots vides. Elle s’est remplie de vide. De ce vide. Et elle a senti que ça n’allait pas ressortir facilement.
 
A 23h elle a envoyé un message disant qu’elle pensait qu’elle n’y arriverait pas. Qu’elle pensait que c’était lui qui n’avait pas envie.
Il n’a pas répondu.
 
A 00h35 elle a envoyé un message pour demander s’il dormait.
Il n’a pas répondu.
 
Elle n’a pas dormi de la nuit. Elle s’est levée prendre deux anxiolytiques. Ça n’a servi à rien.
 
A 5h du matin elle a regardé un film : La bella gente. Un film italien sur un couple petit-bourgeois qui recueille une jeune prostituée immigrée exploitée. Qui l’aide, à condition qu’elle ne se comporte que, comme ça les arrange – comme une ombre reconnaissante. Un sujet familier pour elle. Quand le film s’est terminé, elle est allée se recoucher. Et elle ne s’est relevée que le plus tard possible. Et puis elle s’est occupée, à corriger un texte sur lequel elle travaillait.
 
A 15h elle l’a appelé.
Il n’a pas répondu. Elle pensait qu’il était allé manger des huitres au marché, comme il faisait d’habitude.
Il a envoyé un message : « Je suis désolé. Ce n’est pas le moment. Je t’appelle plus tard. »
Lapidaire.
Elle est restée paralysée. A nouveau, la paralysie.
 
Elle a appelé une amie. Elle a écrit. Elle a regardé un autre film : Pieds nus sur les limaces. Sur deux sœurs. L’une s’occupant de l’autre – atteinte de maladie mentale. Bouleversant de poésie. Mais l’angoisse persistait. Féroce. Le mal à la tête. Elle a repris deux anxiolytiques. Et du paracétamol.
 
A 23h35 elle a envoyé un message disant qu’elle avait été malade. Elle ne voulait pas tomber dans la vulgarité du chantage affectif, mais elle avait vraiment mal, et elle ne comprenait pas. Elle ne comprenait pas pourquoi et comment son silence durait.
Il n’a pas répondu.
Elle s’est couchée.
 
A 00h30 elle a appelé. Tout en sachant combien elle sombrait dans le pathétique. Mais elle se sentait absolument dépassée. Au bord du précipice – et sans parachute.
Il n’a pas répondu.
Elle a fait ce qu’elle a pu, pour essayer de s’endormir.
 
Le lendemain – dimanche – toujours pas le moindre signe de vie.
Elle a écrit. Comme le lui avait conseillé son amie. Elle lui a écrit. Elle lui a écrit avec bienveillance. Avec tendresse. Espoir.
Elle lui a envoyé par mail ce qu’elle avait écrit.
Elle lui a envoyé un message disant qu’elle avait envoyé un mail.
Rien.
Elle a appelé.
Rien.
Elle se sentait si… pathétique. Ridicule. Blessée.
 
Elle a appelé un ami commun. Un ami à lui, qu’elle avait connu, en le connaissant. Au moment où elle était entrée au conservatoire de théâtre. Quand elle avait fréquenté le bar d’en face, où avaient lieu ces fêtes à la Kusturica. Elle lui a dit qu’elle était mal. Qu’elle était sans nouvelle de lui depuis deux jours. Son ami était… exaspéré : S’il continuait à se comporter comme ça, à disparaître, à fuir… Ce n’était pas possible. Bien sûr que ça la rendait folle ! C’était à rendre fou ! Et ils n’avaient plus vingt ans. Cet ami a dit que, ce qui l’exaspérait le plus, de lui, c’était sa nonchalance. Et il a ajouté quelque chose qui l’a interpelée : il a dit qu’on avait l’impression qu’on ne peut pas le connaître. Qu’elle avait le droit de dormir – il avait su ses insomnies d’avant. Qu’il ne pouvait pas l’empêcher de dormir comme ça. Ça l’a émue. Ce que disait son ami. Sa façon de prendre son d’elle. Lui.
 
Il n’a pas appelé. De toute la journée, il n’a pas appelé.
C’est pour ça qu’avant d’aller se coucher, elle a décidé ça : aller le voir le lendemain.
Elle a regardé les horaires de train. Le billet coûtait cher. Et elle ne savait pas si elle n’était pas encore en train de faire une folie. Elle a quand même pu se concéder – à elle-même – qu’elle ne pouvait pas faire autrement. Attendre davantage. Rester prisonnière de son silence et de sa disparition. A lui.