mercredi 12 décembre 2012

Encuentro por el tiempo (XVI)



Entraron al lugar de pasta que de hecho quedaba muy cerca. Era grande. Mucho espacio y poca gente. Se sentaron en un rincón. Mas enseguida dijo él que quedaba muy a oscuras. Estaba de acuerdo ella. Se volvieron a levantar para instalarse en una mesa alta con banquillos. Lo que le gustaba a él. Tipo barra. Parecía estar más, él. Estaba pendiente ella de que se reanudara la cosa. Miraron la carta. Dijo él que siempre que venía tomaba lo mismo. Sencillito: tortellini con tocino, tomate, ajo y perejil. Dijo ella que tomaría lo mismo. Quería juntarse. Sentir que había manera de juntarse. Y a eso podía servir la comida. Dijo él que invitaba a vino. Tomaron el tinto de la casa.
 
Empezaron a charlar. Y se hizo densa e intensa la charla. Llegaron a hablar de Buenos Aires. Le hacía preguntas él. Lo que casi nunca ocurría. Se sintió muy feliz por ello ella. Que cuántas veces había ido. Que cuánto tiempo se había quedado. Que cómo se las había arreglado para ir. Que qué gente había conocido. Dijo ella que había ido tres veces. 2006, 2007, 2010. Que se había quedado primero un mes, luego tres meses, y últimamente mes y medio. Que la primera vez había cumplido con el sueño del tango y la promesa hecha respecto a la oposición prestigiosa de Letras Hispánicas que había terminado ganando. Que la primera vez había tenido que ver con la experiencia de vida en Madrid, un año, justo antes que conocerle a él. Que ahí había pensado: primero España, luego América Latina. Cuando América Latina pronto se había reducido a Buenos Aires – por más que Buenos Aires fuera lo menos América Latina. Porque mientras, había aparecido el bandoneón. Por lo cual había pensado: primero flamenco, luego tango. Y había empezado a aprender tango. En cuanto había sido posible.
 
Mas la primera vez, se las había arreglado mal. Sin pedirle nada a nadie. Como era su costumbre. Sin darse cuenta de que a América iba. Sencillamente por no tener concepto de América. Por haber conocido a argentinos que le habían dicho que «Buenos Aires era igual que París». Y por habérselo creído ella. Por no tener prejuicio – experiencia – de otra realidad – fuera de Europa. Porque había confiado en quien sabía que no había que confiar. Porque aun no había aprendido a distinguir. Un ex-amante muy complicado. Que le proponía pieza gratis, en el departamento de su madre que estaba de viaje. Alguien que la echaría a la calle a los tres días. A los tres días de haber pisado el hemisferio sur. Justo después de haberla aterrorizado con respecto a la violencia de la ciudad. Justo cuando había caído en la cuenta de que tenía novio ella allá, en su país. Y sin embargo, le dijo, a él, por más que se las hubiera arreglado muy mal, por más que hubiera padecido algo en el inicio, había podido darse cuenta de que sí, Buenos Aires le tenía que gustar enormemente. Lo que había podido comprobar con certeza. Cuando, justo antes que volver, su amiga de la milonga le había propuesto ir a un teatro chico del barrio de Caballito – donde precisamente vivía ella. A ver una obra en que actuaban amigas de Mendoza: Donde el viento hace buñuelos. Cuando justo era el día de su cumpleaños. Veintiséis años. En el otro hemisferio.
 
La secunda vez que había ido, por más que hubiera sido en plan salida de emergencia, o vía de escape – o también vía de acceso directo al deseo –, se las había arreglado mucho mejor. Había advertido a la gente que se iba a Buenos Aires. Lo había dicho. Por más que se le fuera prohibido. Y eso había provocado que alguien le consiguiera casa preciosa, con gente hermosa, en el barrio originario de la Boca. Y ahí había trabajado como bailarina de tango en el CITA (Congreso Internacional de Tango Argentino). Y ahí había escrito cien páginas sobre la locura y el pensar. Y ahí había conocido a la primera coreógrafa en su vida que le dijera que sí, era bailarina. Y ahí habían vuelto a amarla los hombres. Después de las cartas de amor mandadas al viento. Después que le dijeran que no era mujer. Y ahí, en esa secunda estancia, dijo, le dijo a él, había preparado su renacer. Y había sentido que lo iba consiguiendo. De a poco. Cuando el regreso a su país había coincidido con aquel terremoto insoportable de la muerte del espejo. Y que por eso, luego, habían tenido que pasar tres largos años – años de infierno – antes de que pudiera regresar. Antes de que volviera a encontrar la fuerza para regresar.
 
Y la tercera vez, la última hasta entonces, de nuevo, había ido en plan salida de emergencia, o vía de escape. Que encima era salida de la muerte. De la locura psiquiátrica, también. Que aquella vez, la última hasta entonces, era cuando le había pasado aquello del león – por haber estado tan lejos de sí, de sí-misma. Justo cuando la coreógrafa le había dicho que sí, que estaba de acuerdo para hacer un trabajo con ella. Y que por eso, por lo del león, aquella vez, la última hasta entonces, la habían llevado por dos veces al sanatorio sus amigos. Y había tenido que vivir cosas duras con los amigos. En el otro lado del mundo. Y había adelgazado. Por las pastillas que tenía que tomar. Por lo del león. Y le había dolido la panza. De manera incomunicable. Y se lo había cuidado. Lo había bailado. Y había hecho dicho trabajo con la coreógrafa. Y había llorado la gente al verla bailar. Y no se lo había podido creer. Y la había limpiado. La danza y las lágrimas de quien la había visto bailar. Y con eso había podido regresar. Aquella última vez. A este hemisferio.
 
Todo eso le contó. A él. Y la hizo feliz. Que por fin le preguntara. Sobre su relación con Argentina. Sobre el que hubiera ido sola. Siempre. Que le preguntara qué era lo que había ido buscando, allá. Lo que le quería contar ella. Lo que había tenido que buscar para su vida, para sobrevivir: otro idioma. El idioma del corazón. Porque el idioma materno había sido demasiado doloroso. El idioma de los brazos y abrazos. Que eso había estado buscando: que la abrazaran. Extranjeros. Humanos. En el otro hemisferio. Y eso era lo que le quería contar a él. Lo que le acababa de contar.




 


Rencontre à travers le temps (XVI)
 

Ils sont entrés dans l’endroit de pâtes qui, en effet, était juste à côté. C’était grand. Beaucoup d’espace et pas beaucoup de monde. Ils se sont assis dans un recoin. Mais immédiatement il a dit que c’était très sombre. Elle était d’accord. Ils se sont relevés pour s’installer à une table haute, avec des tabourets. Comme il aimait. Genre comptoir. Il avait l’air d’être un peu plus là. Elle était dans l’expectative, que la chose reprenne. Ils ont regardé le menu. Il a dit que chaque fois qu’il venait il prenait la même chose. Tout simple : des tortellinis avec des lardons, de la tomate, de l’ail et du persil. Elle a dit qu’elle allait prendre comme lui. Elle avait envie d’être réunie. De sentir que quelque chose était possible pour être réunis. Et les pâtes pouvaient être utilisées à ça. Il a dit qu’il offrait le vin. Ils ont pris le pichet de rouge de la maison.
 
Ils ont commencé à parler. Et la discussion s’est faite dense et intense. Ils en sont venus à parler de Buenos Aires. Il lui posait des questions. Ce qui n’arrivait pratiquement jamais. Ça lui a fait vraiment plaisir. Combien de fois elle y était allée ? Combien de temps elle y était restée ? Comment elle s’était débrouillée pour y aller ? Qui elle y avait rencontré ? Elle a dit qu’elle y était allée trois fois. 2006, 2007, 2010. Qu’elle y était d’abord restée un mois, puis trois mois, et la dernière fois, un mois et demi. Que la première fois, elle avait réalisé son rêve de tango et la promesse qu’elle s’était faite par rapport à ce concours prestigieux de Lettres Hispaniques qu’elle avait fini par obtenir. Que la première fois, ça avait eu à voir avec l’expérience de vie à Madrid, pendant un an, juste avant de le connaitre, lui. Que c’était à ce moment-là qu’elle s’était dit : d’abord l’Espagne, après l’Amérique Latine. Que l’Amérique Latine s’était bientôt réduite à Buenos Aires – même si Buenos Aires était ce qu’il y avait de moins Amérique Latine. Parce qu’entre temps, le bandonéon lui était apparu. Que donc, elle s’était dit : d’abord le flamenco, après le tango. Et elle avait commencé à apprendre le tango. Dès que ça avait été possible.
 
Mais la première fois, elle s’était mal débrouillée. Sans rien ne demander à personne. Comme d’habitude. Sans prendre en compte que c’était en Amérique qu’elle allait. Juste parce qu’elle n’avait pas de concept d’Amérique. Parce qu’elle avait connu des argentins qui lui avaient dit que « Buenos Aires était comme Paris ». Et parce qu’elle l’avait cru. Parce qu’elle n’avait pas de préjugé – d’expérience – concernant l’autre réalité – hors de l’Europe. Parce qu’elle avait fait confiance à qui, elle le savait, il ne fallait pas faire confiance. Parce qu’elle n’avait pas encore appris à faire la distinction. Un ex-amant retors. Qui lui proposait une chambre gratuitement, dans l’appartement de sa mère qui était en voyage. Quelqu’un qui la mettrait à la porte au bout de trois jours. Trois jours après avoir posé le pied dans l’hémisphère sud. Juste après l’avoir terrorisée, par rapport à la violence de la ville. Juste quand il s’était rendu compte qu’elle avait un petit-ami, là-bas, dans son pays. Et pourtant, a-t-elle dit, à lui, même si elle s’était mal débrouillée, même si elle avait un peu souffert au début, elle s’était rendue compte que oui, Buenos Aires lui plairait énormément. Comme elle avait pu le vérifier avec certitude. Quand, juste avant de rentrer, son amie de la milonga lui avait proposé d’aller dans un petit théâtre du quartier de Caballito – justement où elle vivait. Pour voir une pièce dans laquelle jouaient ses amies de Mendoza : Là où le vent fait des beignets. Quand c’était justement le jour de son anniversaire. Vingt-six ans. Dans l’autre hémisphère.
 
La deuxième fois qu’elle y était allée, même si ça avait été en mode sortie de secours, ou voie de dégagement – en même temps que voie d’accès directe au désir –, elle s’était beaucoup mieux débrouillée. Elle avait averti les gens qu’elle allait à Buenos Aires. Elle l’avait dit. Même si ça lui était défendu. Et ça avait permis que quelqu’un lui trouve une magnifique maison, chez des gens formidables, dans le quartier originel de la Boca. Et là, elle avait travaillé comme danseuse de tango au CITA (Congrès International de Tango Argentin). Et là, elle avait écrit cent pages sur la folie et la pensée. Et là, elle avait connu la première chorégraphe de sa vie à lui dire que oui, elle était danseuse. Et là, les hommes avaient recommencé à l’aimer. Après les lettres d’amour envoyées au vent. Après qu’on lui ait dit qu’elle n’était pas femme. Et là, pendant ce deuxième séjour, lui a-t-elle dit, à lui, elle avait travaillé à sa renaissance. Et elle avait eu l’impression d’y arriver. Petit à petit. Quand le retour dans son pays avait coïncidé avec ce tremblement de terre insupportable de la mort du miroir. Ce pourquoi, après, trois longues années étaient passées – des années d’enfer – avant qu’elle ne puisse y retourner. Avant qu’elle ne trouve la force d’y retourner.
 
La troisième fois, la dernière jusqu’alors, elle y était encore allée en mode sortie de secours, ou voie de dégagement. Sortie de la mort. De la folie psychiatrique, aussi. Et cette fois-là, la dernière jusqu’alors, c’était la fois où il lui était arrivé cette chose du lion – parce qu’elle était tellement loin d’elle, loin d’elle-même. Alors que la chorégraphe venait juste de lui dire que oui, elle était d’accord pour travailler avec elle. Et à cause de ça, de cette chose du lion, cette fois-là, la dernière jusqu’alors, ses amis l’avaient amenée par deux fois à l’hôpital. Et il avait fallu qu’elle vive des choses difficiles avec ses amis. A l’autre bout du monde. Et elle avait maigri. A cause des médicaments qu’elle avait dû prendre. A cause du lion. Et elle avait eu mal au ventre. De façon incommunicable. Et elle en avait pris soin. Et elle l’avait dansé. Elle avait fait ce travail avec la chorégraphe. Et les gens avaient pleuré en la voyant danser. Et elle n’avait pas pu y croire. Et ça l’avait lavée. La danse et les larmes de ceux qui l’avaient vue danser. Et c’était ça qui avait fait qu’elle avait pu rentrer. Cette dernière fois. Dans notre hémisphère.
 
Elle lui racontait tout ça. A lui. Et ça la rendait heureuse. Qu’il lui pose enfin des questions. Sur sa relation avec l’Argentine. Sur le fait qu’elle y soit allée seule. Toujours. Qu’il lui demande ce qu’elle était allée y chercher. Justement ce qu’elle voulait lui raconter. Ce qu’il avait fallu qu’elle cherche pour vivre, survivre : une autre langue. La langue du cœur – parce que la langue maternelle avait été trop douloureuse. La langue des bras et des prises dans les bras. C’était ça qu’elle avait cherché : être prise dans des bras. Même étrangers. Des humains. Dans l’autre hémisphère. Ce qu’elle voulait lui raconter. Ce qu’elle venait de lui raconter.
 
 
 
 
 
 


mardi 20 novembre 2012

Encuentro por el tiempo (XV)

 
 
Caminaba ella al lado de él. Siguiendo los raíles del tranvía. Mas era casi peor que haber estado sola, encima paseando por aquella ciudad que no le gustaba para nada. Sentía cómo le estaba creciendo la angustia. El parálisis que la hacía incapaz de generar lo que fuera. De decir algo. De significar algo de lo que padecía: que estaba necesitando que le hiciera caso. De enojarse. De decirle que si quería seguir con ella iba a tener que esforzarse en cuidarla algo más. Que ella ya no quería nunca más sentir que alguién la consideraba como planta o peor. Llegaron a la catedral.
 
Ella odiaba los edificios religiosos cristianos. Tanta muerte. Tanto gusto por tanta muerte tan horrorosa. Tanta sangre. Tantos cuerpos tan doloridos, rostros tan lacrimosos. La exasperaba. La indignaba. La exposición era tipo halucinaciones sobre imágenes de Cristo. Estaba harta ella. No entendía tanto macabrismo hecho fe. Intercambiaron palabras respecto a las imágenes. A él le interesaba mucho las representaciones cristianas porque se había criado entre una iglesia y una mezquita. La representación del cuerpo dolorido y la prohibición de la representación sagrada. Ella prefería las mezquitas. De lejos. Naturaleza y geometría. A él le preocupaba mucho el tema religioso por motivo artístico. Por la identidad de él. Por el exilio. Por el momento histórico que hiciera que huyera de su tierra. Por el momento histórico en que estábamos. Ella pensaba fuera del tema religioso. Fuera de aquella forma de alienación ideológica que la exasperaba. Salieron de ahí.
 
Por lo menos la charla medio artística había reanudado alguna forma de diálogo. Mas ella sabía que seguía cierto parálisis. Que para intentar aliviarse de él, tenía que alejarse un rato. De él. Dejar que hiciera él lo que tenía que hacer, e intentar divertirse con el descubrir de la ciudad. Por los ojos propios. Fuera de los de él. No tenía ganas. Ya sabía que no le gustaba esa ciudad. Mas también sabía que tenía que despegarse. Para intentar recuperar el centro propio. La única garantía en contra del desequilibrio. Capaz él también necesitaba recuperar algo de aire propio y no se daba cuenta. Ella se daba cuenta. Para los dos. Lo dejó en un bar en que iba a menudo. Iba a seguir escribiendo lo de los relojes. Y eso sí que le gustaba a ella.
 
Fue en busca de la famosa calle peatonal que había en la ciudad. La más larga de Europa, decían. Mas el tiempo era tan gris. Y encima lunes, en una ciudad de provincia. Lo que más la podía angustiar… Igual que un viaje más hacia el pasado que había tenido que huir. Llovía. Cada vez más. No tenía paraguas. Nunca tenía paraguas. Pensó que tendría que encontrar un lugar para resguardarse del agua. Esperar algo. A que se alejara el nubarrón. Un café lindo hubiera sido buena opción. Para escribir, tal vez. No encontró. Nada para emprender el más mínimo viaje. Interior. Otra opción hubiera sido pasar delante de alguna tienda que la hubiera atraído como un imán. Tampoco ocurrió. Como que lo único parecía ser regresar al bar donde estaba él. Sentarse ahí también, al lado de él. A escribir, también. No le parecía muy buena opción. Mas estaba harta de deambular en el centro de esa ciudad buscándole el sabor que no le conseguía encontrar. Por eso pensó que podría ser una opción sentarse a escribir al lado de él. Y como no había otra…
 
Así que él escribía. En el lugar de siempre. Con una copa de vino. Blanco. Ella sentía que no estaba ya para vino. Tampoco quería más café. Pidió algo medio imprevisible: járabe de melocotón con agua. Del grifo. El señor del bar se lo sirvió con sonrisa linda. Sacó el cuaderno ella. Mas no pudo escribir nada. Por la inquietud de adentro que aun sentía demasiado. Sacó el libro. El mismo que cuando el viaje en tren. Lo de la ligereza de la mariposa. Con eso sí, se rompía la soledad. Mas capaz que, sí, la ponía aun más lejos de él. Seguro, fuera de su alcance. Mas por lo menos pudo reencontrarse algo y tranquilizarse algo. Leyó largo rato. El no paraba de escribir. Parecía feliz y estaba muy prolifijo. Volvió a pedir vino. Cambió para tinto. Ella ya estaba harta de leer. Cerró el libro. De nuevo estaba como esperándole. A sentir que lo estaba esperando. Sacó papel ella para distraerse organizando cosas de la clase de danza. Le funcionó. Se entretuvo un rato. Inclusive llegó a pedir una copa de vino. También tinto. El clima de otoño, por más que fuera mayo, pedía tinto.
 
Al rato dijo él que ya casi terminaba. Hablaron sobre qué hacer luego, a la noche, la última de aquella primera estancia de ella en la ciudad de él, en la casa de él. Miraron en el periódico qué ponían en el cine. Ambos querían ver Barbara, una película alemana que ponían. Con él, sí que compartía el gusto estético. Por lo menos. Mas no la ponían antes de la sesión de las 22h. Con entusiasmo - primera vez en todo el día - dijo él que la quería invitar a comer fideos en un lugar italiano que quedaba muy cerca. También tendrían que vigilar la hora para ir al cine. Ella ya no quería vigilar nada. Sólo necesitaba que se reanudara la conexión entre los dos. Sentir que sólo había sido un rato. Que hondamente seguía la conexión. Salieron al lugar italiano. Ella no quería estar pendiente del reloj mas no dijo nada respecto a lo del cine. Confiaba en que si se reanudaba la conexión, tampoco iba a pensar él en cortarla, para respetar un horario de antemano. De cabeza. No de cuerpo. Ella necesitaba cuerpo.
  
 
 



Rencontre à travers le temps (XV)

 
Elle marchait à côté de lui. Le long des rails du tram. Pourtant c’était presque pire que si elle avait été seule, qui plus est à se promener dans cette ville qu’elle n’aimait pas. Elle sentait l’angoisse monter. La paralysie qui la rendait incapable de générer quoi que ce soit. De dire quelque chose. De signifier quelque chose de ce dont elle souffrait : qu’elle avait besoin qu’il fasse un peu attention à elle. De se mettre en colère. De lui dire que s’il voulait rester avec elle, il allait falloir qu’il fasse un petit effort pour prendre un peu plus soin d’elle. Qu’elle ne voulait plus jamais avoir l’impression que quelqu’un la prenne pour une plante ou pire. Ils sont arrivés à la cathédrale.

Elle avait horreur des monuments religieux catholiques. Toute cette mort. Tout ce goût pour cette mort atroce. Tout ce sang. Tous ces corps si douloureux, ces visages si lacrymaux. Ca l’exasperait. Ca l’indignait. L’exposition était un genre d’hallucinations sur des images christiques. Elle n’en pouvait plus. Elle ne comprenait pas que tout ce macabre puisse être fait foi. Ils ont échangé quelques mots concernant les images. Il s’intéressait beaucoup aux représentations chrétiennes parce qu’il avait grandi entre une église et une mosquée. La représentation du corps douloureux et l’interdiction de la représentation sacrée. Elle préférait les mosquées. De loin. Nature et géométrie. La question religieuse était très présente dans sa démarche artistique à lui. A cause de son identité. De l’exil. A cause du moment historique qui avait fait qu’il avait dû quitter sa terre. A cause du moment historique dans lequel on était. Elle, elle pensait loin de la question religieuse. Loin de cette forme d’aliénation idéologique qui l’exaspérait. Ils sont sortis de la cathédrale.

Au moins, la discussion plus ou moins artistique concernant l’exposition avait permis de renouer une forme de dialogue. Mais elle savait aussi qu’une forme de paralysie continuait. Et que pour essayer de s’en extraire, il fallait qu’elle s’éloigne de lui un moment. Le laisser à ses choses, et essayer de se distraire en découvrant la ville. Par ses propres yeux. Hors des siens, à lui. Elle n’en avait pas vraiment envie. Elle savait déjà qu’elle n’aimait pas cette ville. Mais elle savait aussi qu’il fallait qu’elle s’éloigne. De lui. Pour essayer de retrouver son centre. A elle. La seule garantie contre le déséquilibre. Peut-être qu’il avait aussi besoin de récupérer un peu d’air à lui, et qu’il ne s’en rendait pas compte. Elle, elle s’en rendait compte. Pour les deux. Elle l’a laissé dans un bar où il avait l’habitude d’aller. Il continuerait à écrire ses horloges. Ca, ça lui plaisait bien à elle.

Elle s’est mise à la recherche de la fameuse rue piétonne qu’il y avait dans cette ville. La plus longue d’Europe, soit-disant. Mais il faisait si gris. En plus un lundi, dans une ville de province. Ca avait tout pour l’angoisser… Comme un voyage de plus vers ce passé qu’elle avait dû fuir. Il pleuvait. De plus en plus. Elle n’avait pas de parapluie. Elle n’avait jamais de parapluie. Elle s’est dit que ça serait bien de trouver un endroit pour se protéger de l’eau. Attendre un peu. Que s’éloigne la perturbation. Un beau café aurait été une bonne possibilité. Pour écrire, peut-être. Elle n’a rien trouvé. Rien pour entreprendre le moindre voyage. Intérieur. Une autre possibilité aurait été de passer devant une quelconque boutique qui aurait pu l’attirer comme un aimant. Ca n’est pas non plus arrivé. On aurait dit que la seule chose à faire était de retourner au bar où elle l’avait laissé. S’y assoir aussi, à côté de lui. Et écrire, aussi. Ca ne lui semblait pas une très bonne idée. Mais elle en avait marre de déambuler dans le centre de cette ville à la recherche de la saveur qu’elle n’arrivait pas à lui trouver. C’est pour ça qu’elle s’est dit que ça pouvait être une possibilité, s’assoir pour écrire à côté de lui. Et comme il n’y en avait pas d’autre…

Ainsi, il était en train d’écrire. Là où il allait toujours. Avec un verre de vin. Blanc. Elle, elle sentait que ce n’était pas encore le moment du vin. Elle ne voulait pas non plus prendre un autre café. Elle a demandé quelque chose d’imprévisible : un sirop de pêche avec de l’eau. Du robinet. Le monsieur du bar le lui a servi avec un beau sourire. Elle a sorti son carnet. Mais elle n’a rien pu écrire. A cause de l’inquiétude de dedans qu’elle sentait encore trop. Elle a sorti son livre. Le même que pendant le voyage en train. Sur la légèreté du papillon. Avec ça oui, la solitude était rompue. Mais peut-être, oui, que ça la plaçait encore plus loin de lui. C’était sûr, hors de sa portée. Mais au moins, elle a pu se retrouver un peu et se rasséréner un peu. Elle a lu un long moment. Lui n’arrêtait pas d’écrire. Il avait l’air heureux et était très prolifique. Il a redemandé  du vin. Il a changé pour du rouge. Elle, elle en avait un peu marre de lire. Elle a fermé le livre. A nouveau elle était plus ou moins à l’attendre. A avoir l’impression d’être en train de l’attendre. Elle a sorti du papier pour se distraire en organisant les choses de son cours de danse. Ca a marché. Elle s’est occupée un moment. Elle a même demandé un verre de vin. Rouge aussi. Le climat d’automne, alors qu’on était en mai, demandait du rouge.

Il a bientôt dit qu’il avait presque terminé. Ils ont parlé de ce qu’ils allaient faire après, le soir, la dernière soirée de son premier séjour dans sa ville à lui, dans sa maison à lui. Ils ont regardé dans le journal ce qu’il y avait au cinéma. Ils voulaient tous les deux voir Barbara, un film allemand qui était à l’affiche. Avec lui, ça oui, elle partageait le goût esthétique. Au moins. Mais le film n’était pas avant la séance de 22h. Avec enthousiasme - pour la première fois de toute la journée - il a dit qu’il voulait l’inviter à manger des pâtes dans un endroit italien qui était tout près. Il faudrait aussi qu’ils fassent attention à l’heure pour le cinéma. Elle, elle ne voulait plus faire attention à rien. Elle avait juste besoin que se renoue la connexion entre eux. De sentir que ça n’avait été qu’un moment. Que dans les profondeurs, la connexion demeurait. Ils sont allés à l’endroit italien. Elle ne voulait pas être suspendue à sa montre, mais elle n’a rien dit concernant le cinéma. Elle voulait croire que si la connexion se renouait, il n’aurait pas l’idée de la couper, pour respecter un horaire fixé au préalable. Par la tête. Pas le corps. Elle avait besoin de corps.







vendredi 16 novembre 2012

Encuentro por el tiempo (XIV)

 

A la mañana siguiente, ella tenía cita por teléfono. Se levantó antes que él. Tenía que meterse en lo suyo ella. Dormía él. Se sorprendía de que no quisiera abrazarla algo más él, por más que estuviera medio dormido. Mas tenía que centrarse en lo suyo. Fue a prepararse el desayuno. Jugo de naranja. Café. Galletitas de cereales. Se sentó en la mesa del salón para escribir al desayunar. También se iba preguntando dónde se iba a colocar para no molestarle a él, y para que no la molestara él a ella. No quería tener miedo, luego, durante la cita, a que pudiera oír él lo que iba contando.
 
Por fin eligió meterse en el corredor de la escalera. Medio raro. Medio inconfortable. Pero por lo menos, estaba apartada. Ahí se dijeron cosas respecto a su último hombre. Al miedo que había padecido ella. A cómo se estaba enterando de ello no más ahora, mediante la presencia de él. A cómo la dulzura y el entusiasmo de él eran algo jamás experimentado. De verdad, nunca jamás. Algo que nunca ni siquiera había pensado antes. Como algo que hubiera sido fuera de lo que había podido abarcar de la vida. Ahí se estaba enterando de cuánto ello, la coexistencia con la presencia de él, le estaba cambiando la mirada sobre todo lo que había vivido antes. El miedo, la dificultad, la violencia. Y darse cuenta de ello la ponía dentro de una mezcla rara de felicidad presente y horror sin saber del pasado. El, la experiencia de la presencia con él, le iba revelando lo duro que había sido todo lo anterior. La alborotaba mucho. La alborotaba y la hacía feliz. Mas la alborotaba. Sobre todo. Hacía que tenía ganas de echarse en los brazos de él para que, ahora, en el instante del ahora, la reconfortara de todo lo pasado. De todo el pasado suyo. Pesado.
 
Cuando regresó del corredor de la escalera, él estaba preparando café. Muy metido en lo suyo. O muy fuera de ella. Ella hubiera querido que la abrazara. Que mediante el abrazo le significara su afecto. Mas él no estaba mucho. No se dio cuenta. No ocurrió. No la reconfortó. Fue a darse una ducha él. Tardó. Ella se quedó esperando. Esperándole. Medio dentro de la nube del recién descubrimiento de lo que había sido su convivencia con aquel otro hombre, con aquellos otros hombres, todos. Ya que ese, su último hombre, también había sido su primer hombre. El que le había dicho, ya en el principio, que ningún otro hombre que él hubiera podido estar con ella. El con quien se había quedado años. El único. Mas el que también había conseguido dejar, hacía años. Y sin embargo, el en que no había dejado de confiar nunca, a pesar del paso de los años. El a quien acudía siempre que algún hombre le volvía a hacer mal. El hombre que había sido el único, realísticamente, en abrazarla tras el episodio del león en Buenos Aires. El para quien había sido presente cuando se murió la madre de manera terrible, en el entierro. El que, por fin, había enloquecido repentinamente. De manera invisible a lo largo de los años. Hasta infundirle tanto miedo a ella que cambiara en el acto las cerraduras de casa. El único hombre en que había confiado. A lo largo de años. Muchos. Dos veces siete años. La mitad del tiempo de su existencia. El que había sido su primer hombre. El que, antes de la vuelta de El, había sido su último hombre.
 
Estaba ahí ella. En todo eso suyo. En casa de él. Con necesidad de él. Con miedo a contarle tanto peso. Siempre las emociones contradictorias. Ambivalencia. Estaba. En casa de él. Con necesidad de él. Estaba. No había que tomar nada más en cuenta. Como bailarina sabía eso. Como bailarina sabía que sólo a eso se podía agarrar. Estaba e iban a juntarse a almorzar con otra bailarina que hacía mucho que no veía. Que apenas conocía, en realidad. Estaba mas se sentía con pocas fuerzas. Hubiera querido poder apoyarse en él. Mas él tardaba. Y tampoco quería dejar esperar mucho a la bailarina. La respetaba mucho. Así que fue sola. El se juntaría en cuanto podría. Ya estaba la bailarina. Se sentaron en la única mesita que quedaba libre. Casi no habría lugar para él. Igual llegó enseguida y se instaló como pudo. Al rato se liberó una mesa y se mudaron ahí para estar más comodos. El estaba mas estaba muy ausente. Casi le daba vergüenza a ella respecto a la bailarina. Como que no estaba. Tal y como lo había conocido hacía diez años. Y ella que acababa de comprobar lo bien que se sentía con él…
 
Al terminar el almuerzo le dijeron adios a la bailarina. Se quedaron los dos. El seguía sin estar. Mas quería ir a ver una exposición en la catedral de la ciudad. Una exposición sobre representaciones de Cristo. Parecía estar muy sumergido en lo suyo. Como sin plan alguno de concederle nada a ella. Igual no era eso. Sólo que se sentía de sobra que no estaba. Que, en aquel momento, ni siquiera estaba en capacidad de hacerle caso a ella. Le dolió. A ella le dolió. Y sintió que empezaba a subirle la angustia. Si aun era así él, igual que hacía diez años, una nube, nada iba a ser posible. Entre los dos. Porque ya sabía ella que no lo podía soportar. Que le dolía mucho demasiado. Demasiado. Caminaron por la avenida grande. Siguiendo los raíles del tranvía. Lloviznaba. Era muy gris el tiempo.
 
 
 
 




Rencontre à travers le temps (XIV)
 

Le lendemain matin, elle avait un rendez-vous téléphonique. Elle s’est levée avant lui. Il fallait qu’elle se recentre sur ses choses à elle. Il dormait. Elle était surprise qu’il n’ait pas davantage envie de l’embrasser, même s’il était plus ou moins endormi. Il fallait qu’elle se recentre. Elle est allée se préparer un petit déjeuner. Jus d’orange. Café. Biscuits aux céréales. Elle s’est assise sur la table du salon pour écrire en déjeunant. Elle se demandait où elle allait bien pouvoir s’installer pour ne pas le déranger, pour qu’il ne la dérange pas. Elle ne voulait pas avoir peur, ensuite, pendant le rendez-vous, qu’il puisse entendre ce qu’elle disait.

Finalement elle a décidé de se mettre dans le couloir de l’escalier. Un peu bizarre. Pas très confortable. Mais au moins elle serait isolée. Là des choses se sont dites concernant son dernier homme. La peur qu’elle avait eue. Combien elle ne s’en rendait compte que maintenant, grâce à sa présence à lui. Combien sa douceur et son enthousiasme à lui étaient de l’ordre du jamais expérimenté. Véritablement, jamais. Quelque chose à quoi elle dont elle n’aurait même pas pu se rendre compte avant. Quelque chose qui aurait été comme en dehors de ce qu’elle connaissait de la vie. Et là, elle était en train de comprendre combien ça, la coexistence avec sa présence à lui, était en train de changer sa vision des choses sur tout ce qu’elle avait vécu avant. La peur, la difficulté, la violence. Et s’en rendre compte la plongeait dans un mélange étrange de joie du présent et d’horreur insu du passé. Lui, l’expérience de la présence avec lui, était en train de lui révéler combien tout ce qui s’était passé avant avait été dur. Ca la bouleversait. Beaucoup. Ca la bouleversait et ça la rendait heureuse. Mais ça la bouleversait. Surtout. Ca faisait qu’elle avait envie de se jeter dans ses bras pour que, maintenant, à ce moment, il la réconforte de tout le passé. De tout son passé. Lourd.

Quand elle est revenue du couloir de l’escalier, il était en train de faire du café. Très renfermé. Ou très loin d’elle. Elle, elle aurait voulu qu’il la prenne dans ses bras. Qu’à travers l’étreinte il lui signifie son affection. Mais il n’était pas là. Il ne s’en est pas rendu compte. Ca n’est pas arrivé. Il ne l’a pas réconfortée. Il est allé prendre sa douche. Il a tardé. Elle est restée à attendre. A l’attendre. A moitié dans les nuages de la récente découverte de ce qu’avait été sa cohabitation avec cet autre homme, avec ces autres hommes, tous. Puisque son dernier homme avait aussi été son premier homme. Celui qui lui avait dit, dès le tout début, qu’aucun autre homme n’aurait pu être avec elle. Celui avec qui elle était restée des années. Le seul. Mais celui qu’elle avait aussi réussi à quitter, il y avait déjà longtemps. Et pourtant, celui en qui elle avait toujours gardé confiance, malgré les nombreuses années. Celui vers qui elle était revenue chaque fois qu’un nouvel homme lui avait fait du mal. L’homme qui avait été le seul, concrètement, à l’avoir prise dans ses bras après l’épisode du lion à Buenos Aires. Celui auprès de qui elle avait été présente quand sa mère était morte de façon terrible, le jour de l’enterrement. Celui qui, finalement, était subitement devenu fou. De façon invisible au fil des années. Au point qu’elle ait eu si peur qu’elle ait immédiatement changé les verrous. Le seul homme en qui elle avait eu confiance. Pendant toutes ces années. Beaucoup. Deux fois sept ans. La moitié du temps de son existence. Celui qui avait été son premier homme. Celui qui, avant que Lui ne revienne, avait été son dernier homme.

Elle était là, elle. Dans toutes ces choses à elle. Chez lui. A avoir envie de lui. Dans la peur de lui raconter tout ce poids. Toujours les émotions contradictoires. Ambivalence. Elle était là. Chez lui. Dans l’envie de lui. Elle était là. Il n’y avait rien d’autre à prendre en compte. Parce qu’elle était danseuse elle savait ça. Parce qu’elle était danseuse elle savait qu’elle ne pouvait s’agripper qu’à ça. Elle était là et ils allaient rejoindre une autre danseuse qu’elle n’avait pas vue depuis longtemps. Qu’elle connaissait à peine, en réalité. Elle était là mais elle sentait qu’elle n’avait pas beaucoup de forces. Elle aurait voulu pouvoir s’appuyer sur lui. Mais il mettait du temps. Et elle ne voulait pas non plus laisser attendre trop longtemps la danseuse. Elle la respectait bien trop. Elle est donc partie seule. Il viendrait quand il serait prêt. La danseuse était déjà là. Elles se sont installées à la seule petite table qui était encore libre. Il n’y aurait pas beaucoup de place pour lui. Il est arrivé tout de suite et s’est installé comme il a pu. Puis une table s’est libérée et ils sont allés la prendre pour être plus à l’aise. Il était là mais il était absent. Vraiment. Elle en avait presque honte par rapport à la danseuse. Il n’était pas là. Exactement comme elle l’avait connu il y avait dix ans. Et elle qui venait de comprendre combien elle se sentait bien avec lui…

A la fin du déjeuner ils ont dit au revoir à la danseuse. Ils se sont retrouvés tous les deux. Il continuait à ne pas être là. Mais il voulait aller voir une exposition à la cathédrale de la ville. Une exposition sur des représentations du Christ. Il avait l’air d’être très absorbé par ses choses à lui. Comme sans la moindre intention de lui concéder quoi que ce soit à elle. Ce n’était pas non plus ça. Juste qu’on sentait bien trop, qu’il n’était pas là. Qu’à ce moment-là il n’était pas même en capacité de se rendre compte qu’elle était là. Ca lui a fait mal. A elle ça lui a fait mal. Et elle a senti que l’angoisse commençait à arriver. S’il était encore comme ça, comme il y avait dix ans, un nuage, ça ne serait pas possible. Eux deux. Parce qu’elle savait déjà qu’elle ne pouvait pas faire avec. Que ça lui faisait trop mal. Trop. Ils ont marché sur la grande avenue. Le long des rails du tram. Il bruinait. Le temps était très gris.
 






mardi 23 octobre 2012

Encuentro por el tiempo (XIII)



En la calle era de noche. La gente parecía como en su casa. Nada que ver con la ciudad de ella, donde sólo se sentía hostilidad o ausencia. Buscó el bar que le había dicho él. Lo encontró. El Boquerón. Con dicho nombre castellano no se podía olvidar. No estaba afuera él. Entró ella. Lo vio al fondo, en la barra, charlando con una mujer. Le daba cosita avanzarse. Se sentía frágil. Mas sí, la recibió muy bien. Inclusive la presentó con felicidad. Algo de satisfacción, también. Nunca hubiera pensado algo así, ella. Y luego de presentarla a aquella mujer española con nombre de canción, la presentó a toda la pandilla, que estaba sentada en una mesa de afuera. Temía dicha presentación, ella. Sabía que estaban para opinar algo de ella. Porque eran su gente. La gente de él.

Al principio, regresaron adentro. El, medio atontado por tenerla acá, parecía. Charlaron los tres con la mujer española con nombre de canción. Él parecía muy tontito – a no ser que fuera eso, mostrarse enamorado. Ella, por falta de costumbre – a tanto honor, tanto amor, tanto respeto –, como reacción a lo que no se conoce, se puso más ácida. No conocía eso. No se lo iba a creer. No. Cuando aun no le había contado ella a él, su historia de ellos, su dolor, de hacía diez años. Protección. Y aun más después de la recién experiencia con la locura desde afuera, la del Otro, que también puede ser asesiso. Lo del cinismo tampoco era pura defensa. También tenía que ver con que para él, charlando los tres, las cosas parecían demasiado sencillas. Inconscientemente o infántilmente sencillas. Y ella quería estar con alguién que supiera ya que las cosas no tinene nada que ver con el color de rosa. Alguién que, precisamente porque supiera eso, quisiera estar con ella. Para compartir ese conocimiento.

Salieron a sentarse con la pandilla. Ella hubiera querido ir a acostarse. O a juntarse sólo con él. A compartir lo profundo. Eso que hacía, o no, la posibilidad del encontrarse. Tampoco sentía que podía darle más alcohol al cuerpo. Así que, para cruzarse con pájaros de noche: complicado. No se sabe qué es lo que bebió ella al final. Peros sin alcohol, eso sí. Mientras que él ya estaba de cañas cuando empezó a probar y repetir carajillos – café con ron. Uno. Dos. Ella con algo de temor, por la conciencia del desacorde energético. Por fin regresaron a casa. Se sentaron en el sofá negro. Sólo tenía ganas ella de hacerle aquella pregunta: ¿Tenés ganas de que nos amemos?

Se fueron a la pieza. Sintiéndose ella a la vez frágil y con ganas de que la reconfortara. Tenía ganas de volver a intentar el unirse. Desde los cuerpos no más. Cuando él le dijo que no pensaba hacerle el amor. Que estar «así» ya era como hacer el amor. En otro momento de su vida, en otro contexto, la hubiera encantado y reconfortado escuchar algo así, sí. Mas ahora no. Ahora estaba en el descubrimiento de la existencia PURA y NECESARIA del cuerpo. En el descubrimiento de que a veces no sirven las palabras. De que a veces lo único que sirve es la piel. El encuentro físico. Puro.

Se quedaron «así». Y, sin saber muy bien por qué, por más que hubiera querido superarlo, le dolió. Y se durmió con este dolor. A la mañana, otra vez, sintió ella que lo estaba buscando. A él. Mas él no estaba mucho. Cuando se levantó él, notó ella, por lo menos, que estaba mucho más tranquilo. Se agarró de eso. Hasta la noche no salieron de casa. Lo que deseaba y necesitaba ella. Se agarró de eso. Se quedaron mirando una pelí, en la cama: Buffet froid de Bertrand Blier. ¡Se rieron mucho! Se agarró de eso. Eso quería: compartir el humor entre ellos dos. Sin otra cosa más. A la noche, sin embargo, había que salir. Pero muy cerca. Al bar de enfrente, donde el amigo músico de él daba un concierto. Salieron. El tiempo era muy feo. Muy gris para mayo. Apenas salidos, les dijeron que se había cancelado el concierto. Cosas del dueño. Un tipo asqueroso. Se quedaron en la puerta a fumar un cigarro, y luego entraron a tomar la copa gratis que les debía el dueño por más que cancelara el concierto. Había poca onda entre la gente del bar, entre la gente de él. Y ella no tenía ganas de ser quien le hubiera puesto onda a la cosa. Volvieron a casa pronto. En la otra vereda. No estaban borrachos. Ninguno de los dos. Preparó una tortilla él. Una tortilla algo rara, pensó ella. Con atún y otra cosa. Mitad mitad. Se sintió a gusto ella. Siempre que lo miraba preparar la comida, se sentía a gusto. Apaciguada. Tampoco había conocido quien le preparara comida. Algo muy íntimo. También. Del cuerpo. También.

Después de cenar quisieron ver una pelí. Otra. Mas los dos fueron capaces de reconocer que estaban cansados. Hicieron algo imprevisible: ¡mirar televisión! ¡En la compu! Cayeron en una entrevista de Catherine Deneuve. Ella odiaba a Catherine Deneuve. Por la artificialidad. Se durmió ella. Feliz. Al lado de él. Mirando aquello.




 

Rencontre à travers le temps (XIII)

 
Dans la rue il faisait nuit. Les gens avaient l’air d’y être comme chez eux. Rien à voir avec sa ville à elle, où on ne sentait qu’hostilité ou absence. Elle a cherché le bar qu’il lui avait dit. Elle l’a trouvé. Le Boquerón. Avec un nom pareil, en espagnol, elle ne pouvait pas l’oublier. Il n’était pas dehors. Elle est entrée. Elle l’a vu au fond, au comptoir, en train de parler avec une femme. C’était un peu difficile de s’avancer. Elle se sentait fragile. Pourtant il l’a bien reçue, oui. Il l’a présentée avec joie. Un peu de satisfaction, aussi. Elle n’aurait jamais pensé ça. Après l’avoir présentée à cette femme espagnole au prénom de chanson, il l’a présentée au reste de la troupe, qui était à une table en terrasse. Elle avait un peu peur de cette présentation. Elle savait qu’on allait penser quelque chose d’elle. Parce que c’était ses gens. Ses gens à lui.

Au début, ils sont retournés à l’intérieur. Lui, il était à moitié hébété qu’elle soit là, aurait-on dit. Ils ont discuté tous les trois avec la femme espagnole au prénom de chanson. Il avait l’air tout ahuri – à moins que ce ne soit ça, avoir l’air amoureux. Elle, parce qu’elle n’avait pas l’habitude – de tant d’honneur, tant d’amour, tant de considération –, en réaction à ce qu’on ne connait pas, elle est devenue un peu acide. Ca, elle ne connaissait pas. Alors y croire. Sûrement pas. Alors qu’elle ne lui avait pas encore raconté son histoire d’eux, sa douleur, d’il y avait dix ans. Protection. Encore plus du fait de la récente expérience avec la folie depuis dehors, depuis l’Autre, quand il est assassin. Mais son soudain cynisme n’était pas seulement une posture défensive. Ca avait aussi à voir avec le fait que pour lui, en discutant tous les trois, les choses avaient l’air tellement simples. Inconsciemment ou puérilement simples. Et qu’elle, elle voulait être avec quelqu’un qui saurait que les choses n’avaient rien à voir avec la couleur rose. Quelqu’un qui, précisément parce qu’il saurait ça, voudrait être avec elle. Pour en partager la connaissance.

Ils sont sortis s’assoir avec le reste de la troupe. Elle aurait aimé aller se coucher. Ou rester juste avec lui. Pour partager le profond. Ce qui fait, ou pas, la possibilité de la rencontre. En plus elle sentait qu’elle ne pouvait pas remettre d’alcool dans son corps. Alors, pour croiser les oiseaux de nuit : ça allait être difficile. On ne sait pas ce qu’elle a finalement bu. Mais pas d’alcool, c’est sûr. Alors que lui, il était déjà à la bière quand il a commencé à faire et refaire l’expérience du carajillo : café et rhum. Un. Deux. Elle était préoccupée, dans la conscience du désaccord énergétique. Ils sont enfin rentrés à la maison. Ils se sont assis dans le canapé noir. Elle n’avait qu’une envie : lui poser cette question : Est-ce que tu as envie qu’on s’aime ?

Ils sont allés dans la chambre. Elle se sentait à la fois fragile et dans le besoin d’être réconfortée. Elle avait envie d’essayer à nouveau de s’unir. Par les corps, c’est tout. Quand il lui a dit qu’il ne pensait pas lui faire l’amour. Que « comme ça » c’était déjà faire l’amour. A un autre moment de sa vie, dans un autre contexte, elle aurait beaucoup aimé entendre quelque chose comme ça. Ca l’aurait réconforté, oui. Pas à ce moment-là. Alors qu’elle était dans la découverte de l’existence PURE et NECESSAIRE du corps. En train de découvrir que parfois les mots ne servent à rien. Que parfois la seule chose qui serve, c’est la peau. La rencontre physique. Pure.

Ils sont restés « comme ça ». Et, sans bien savoir pourquoi, tout en voulant parvenir à le dépasser, ça lui a fait mal. Et elle s’est endormie dans cette douleur. Le lendemain matin, à nouveau, elle a senti qu’elle le cherchait. Lui. Mais il n’était pas vraiment là. Quand il s’est levé, elle a constaté, au moins, qu’il était beaucoup plus tranquille. Elle s’est agrippée à ça. Jusqu’au soir, ils ne sont pas sortis de la maison. Comme elle en avait envie et besoin. Elle s’est agrippée à ça. Ils ont regardé un film, dans le lit : Buffet froid de Bertrand Blier. Ils ont beaucoup ri ! Elle s’est agrippée à ça. C’est ce qu’elle voulait : partager l’humour entre tous les deux. Sans rien ni personne d’autre. Le soir, néanmoins, il fallait bien sortir. Heureusement, c’était pas très loin. Juste dans le bar d’en face, où un ami musicien à lui faisait un concert. Ils sont sortis. Il ne faisait pas beau. Très gris pour un mois de mai. Dès qu’ils sont sortis, on leur a dit que le concert était annulé. Habitude du gérant du bar. Un type odieux. Ils sont restés devant la porte pour fumer une cigarette, et ensuite ils sont entrés pour boire le verre gratuit que leur devait le gérant du bar malgré l’annulation du concert. Il n’y avait pas beaucoup d’énergie chez les gens du bar, chez ses gens à lui. Et elle ne serait pas celle qui allait changer la donne. Ils sont rentrés tôt à la maison. Sur le trottoir d’en face. Ils n’étaient pas saouls. Ni l’un ni l’autre. Il a préparé une tortilla. Une tortilla un peu bizarre, s’est-elle dit. Avec du thon et un autre ingrédient. Moitié-moitié. Elle se sentait bien. Chaque fois qu’elle le regardait faire la cuisine, elle se sentait bien. Apaisée. Elle n’avait pas non plus connu qu’on lui fasse à manger. Quelque chose de très intime. Aussi. Du corps. Aussi.

Après la diner ils voulaient regarder un film. Un autre. Mais ils ont tous les deux été capables de se rendre compte qu’ils étaient fatigués. Ils ont fait quelque chose d’imprévisible : ils ont regardé la télévision ! Sur l’ordinateur ! Ils sont tombés sur une interview de Catherine Deneuve. Elle n’aimait pas Catherine Deneuve. A cause de l’artificialité. Elle s’est endormie. Heureuse. A côté de lui. Qui regardait ça.

 







mercredi 10 octobre 2012

Encuentro por el tiempo (XII)

 
 
¡Tocaba la guitarra, cantaba, tocaba el harmónica, usaba la máquina grabadora para hacer cosas repetitivas! ¡Todo! ¡El! No paraba. Ella, con la cámara, sacando fotos. Las uñas en las cuerdas. Los pies en la máquina grabadora. El sin parar. Para ella y el amigo suyo, no más. Sacó el cuaderno, ella. También. Más allá de las fotos, con palabras quería intercambiar. Guardar. Rescatar del olvido. Igual que descargar algo la emoción. Escribía cosas como:
 
Será cuestión de encontrar la forma adecuada de la respiración: que no sea ni apnea ni hiperventilación.
El descanso es inspiración o expiración. Mas no las dos a la vez ni la una sin la otra.
Encontrar la articulación y la respiración de los mundos – interiores.
Compartir lo esencial en lugar de vivirlo cada uno desde la sola soledad.
 
El concierto duró. El amigo se tenía que ir. Se fue. Ella estaba exhausta entre el exceso de felicidad, de presencia compartida, de ansiedad respecto a la novedad de la aventura amorosa, de música y palabras de él. Todo. Era mucho. Todo era mucho. Cuando ella había vivido años de nada. El grand-ecart emocional. Igual que siempre, deseado, mas difícil de soportar. Quería. Mas el cuerpo tenía sus propios argumentos. Su propio ritmo. Estaba exhausta. ¡Cansa estar enamorada! Cansa vivir la muerte. ¡Y si todo cansa, cómo lo vamos a hacer!
 
Sólo necesitaba algún ratito de respiración. De soledad. Se lo dijo. Pareció que a él le pareciera raro eso que le dijo. Lo que a ella le resultó aun más raro. Intuía tanto de la necesidad de respiración de él. Se acordaba tanto de su forma de ser medio autística. La sorprendió. Le gustó. Le gustó sentir cómo él no, no estaba cansado de ella. Cuando por el pasado casi ni le explicaba nada de su evanescencia. Lo que le gustó fue notar que él sí quería seguir estando con ella. Cuando por el pasado iba y venía casi sin fijarse en la existencia de los demás. Parecía. Le gustó. Casi iba a seguirle de tanto que le había gustado que le demostrara eso, que él no estaba harto de ella. Mas supo que tenía que hacerle caso al cuerpo. Parar algo. Separarse un par de horas. No más un par de horas.
 
Así que fue a juntarse él con su gente al bar de al lado, mientras ella se quedó en casa de él, sola. Quería escribir. Escribir lo que le quería decir y sabía que no se podía. Quería poder estar con él para ella, sin él. Estar con el «él» de ella. Puso música. Sviridov. Lo había conocido por él, y le había robado el alma. Quería sumergirse en lo suyo. Relajar. Depositar el peso guardado por la excitación. Del estar juntos. Del estar enamorados. Del estar juntos sin aun conocerse muy bien. Sin saber hasta qué punto se podía confiar. Sin saber hasta qué punto algo era posible. Cuánto tiempo pudiera durar esto. Aquel encuentro. Reencuentro. Escribió:
 
Quiero que trabajemos juntos. Las dos interioridades están llenas. Desbordan. La inquietud no estará ahí. Cada uno en lo suyo. No necesito que me distraigás. No necesito que me hagás planes. No necesito que hagás nada. Quiero que seas. Que creás. Que hagás lo que tengás que hacer. Que me lo compartás. Que me acompañés en los caminos míos que quieren construir un «juntos» que no sea nunca suspensión del uno o del otro.
Quiero que me contés. Vos.
Quiero que me hagás preguntas.
No quiero perderme.
Sólo que (nos) construyamos juntos. Nosotros.
Nosotros sos vos, y soy yo; y es vos-y-yo. Mas no sólo vos-y-yo. Vos y Yo.
 
Dejó de escribirle para seguir escribiendo la historia. La historia que iba contando ella. De ellos. Para ellos. Para todos. Para no olvidar. Para no perder nada. Sintió que tenía hambre. Estaban lejos las pinzas de cangrejo. Mas estaba harta de comida verdadera. Tenía ganas de nada más que sus cosas rutinarias. Sencillas. Casi pobres. El día de la visita en bici por la ciudad, habían ido a un supermercado porque ella necesitaba comprar champú. Ahí había aprovechado para comprar copos de avena. Por las dudas. Por la mañana, él había salido a comprar leche de vaca – mientras que seguían durmiendo el amigo de ella en la bolsa de dormir en el piso, y ella en la cama con vela. El ya no tomaba nada con leche de vaca. Ni queso ni nada. Ni postres. Tuvo unas ganas locas ella de comer copos de avena con leche y azúcar. Se preparó un tazón grande. Repitió. Pensó cuánto le gustaría compartir con él copos de avena con leche, inclusive de soja.
 
Funcionaba. Se estaba relajando. Recobraba la sensación real del cuerpo. Sentía de nuevo el cansancio. El peso del cansancio. Tenía ganas de ir a acostarse ya. Igual si apenas eran las nueve y media de la noche, y era sábado. Se hubiera acostado. Mas intuía que si no se juntara con él, con su gente, no lo iba a entender él. No lo hubiera entendido cualquiera. Apenas empezando una relación. Ella, sí, lo podía entender. Sabía que nada de ello tuviera que ver con él. Sólo con ella. Con la revolución que era regresar a la vida. Compartir vida. Cosas de la vida. Sentirse amada. Sentirse con posibilidad de felicidad. Sabía que tenía que ver con la post-muerte. Mas no quería causarle ninguna duda a él. No quería que él pensara que ella no tuviera ganas de estar con él. O que hubiera hecho algo mal. O nada. No quería que él se sintiera mal por ella. Para nada. Por nada de ella. Ahora no. Además sabía que él estaba con su gente y se moría de ganas de presentársela. Sabía eso. Y la hacía tan feliz. Que alguien, él, se muriera de ganas de presentarla, ella. A la gente que le importaba.
 
Fue al cuarto de baño. A arreglarse. Había que arreglarse. Para superar el cansancio que se leía en el rostro. Se pintó las pestañas. Los ojos. Se puso carmín en los labios. El pelo. ¿Qué hacer con este pelo? Lo de siempre. No. Se lo dejó casi suelto. No más con un par de horquillas chicas. Ya podía salir. Zafaba. Capaz no se diera cuenta de nada él. Capaz le pareciera simpática a la gente. Salió a la calle. Ya era tarde.
 
 
 
 




Rencontre à travers le temps (XII)

 
Il jouait de la guitare, il chantait, il jouait de l’harmonica, il s’enregistrait avec son sampler ! Tout ! Lui ! Il n’arrêtait pas ! Elle avec son appareil, elle faisait des photos. Les ongles sur les cordes. Les pieds sur les pédales du sampler. Il n’arrêtait pas. Juste pour elle et son ami à elle, c'est tout. Elle a sorti son carnet. Aussi. Au-delà des photos, elle voulait échanger avec les mots. Garder. Sauver de l’oubli. En même temps que décharger l’émotion. Elle a écrit des choses comme :

Il sera question de trouver la forme adéquate de la respiration : qu’elle ne soit ni apnée ni hyperventilation.
Le repos est inspiration ou expiration. Pas les deux à la fois, ni l’une sans l’autre.
Trouver l’articulation et la respiration des mondes – intérieurs.
Partager l’essentiel au lieu de le vivre chacun dans sa seule solitude. 

Le concert a duré. Son ami devait s’en aller. Il est parti. Elle était exténuée par l’excès de joie, de présence partagée, d’inquiétude par rapport à la nouveauté de l’aventure amoureuse, de sa musique et de ses paroles à lui. Tout. C’était beaucoup. Tout était beaucoup. Alors qu’elle avait vécu toutes ces années de rien. Le grand-écart émotionnel. Comme toujours souhaité, mais difficile à soutenir. Elle voulait. Mais le corps avait ses propres arguments. Son propre rythme. Elle était exténuée. Ca fatigue d’être amoureuse ! Ca fatigue de vivre la mort. Et si tout fatigue, comment est-ce qu’on va bien pouvoir faire ! 

Elle avait juste besoin d’un petit moment de respiration. De solitude. Elle le lui a dit. On aurait dit que ça lui semblait bizarre, ce qu’elle lui disait. Ce qui lui a semblé encore plus bizarre à elle. Elle se souciait tellement de son besoin de respiration à lui. Elle se souvenait tellement de sa façon d’être à moitié autiste. Ça l’a surprise. Ça lui a plu. Ce qui lui a plu, c’est de sentir que lui, non, il n’était pas fatigué d’elle. Alors que par le passé il n’expliquait pratiquement rien de son évanescence, à lui. Ce qui lui a plu, c’est de voir que lui, si, il avait envie de continuer à être avec elle. Alors que par le passé il allait et venait sans presque faire attention à l’existence des autres. Ça lui a plu. Elle était presque sur le point de le suivre tellement ça lui avait plu qu’il lui démontre que lui n’en avait pas marre d’elle. Mais elle a su qu’il fallait prendre en compte ce que disait le corps. Arrêter un peu. Se séparer quelques heures. Juste quelques heures. 

Il est donc allé rejoindre ses gens au bar d’à côté, alors qu’elle est restée chez lui, seule. Elle voulait écrire. Ecrire ce qu’elle voulait lui dire et qu’elle savait qu’on ne peut pas. Elle avait envie de pouvoir être avec lui pour elle, sans lui. Etre avec son « lui » à elle. Elle a mis de la musique. Sviridov. Elle l’avait connu grâce à lui, et il s'étaiat complètement emparé d'elle. Elle avait envie de s’immerger dans ses choses à elle. De se détendre. De déposer le poids retenu par l’excitation. D’être ensemble. Amoureux. D’être ensemble sans encore se connaître très bien. Ni savoir jusqu’où il était possible de se faire confiance. Jusqu’à quel point quelque chose serait possible. Combien de temps ça pourrait durer. Cette rencontre. Re-rencontre. Elle écrivait : 

Je veux qu’on travaille ensemble. Les deux intériorités regorgent. Débordent. L’inquiétude ne sera pas là. Chacun chez soi. Je n’ai pas besoin que tu me distraies. Je n’ai pas besoin que tu me fasses un programme. Je n’ai pas besoin que tu fasses quoi que ce soit. Je veux que tu sois. Que tu créés. Que tu fasses ce que tu as à faire. Que tu me le partages. Que tu m’accompagnes dans mes chemins qui veulent façonner un « ensemble » qui ne soit jamais suspension de l’un ou de l’autre.
J’ai besoin que tu me racontes. Toi.
J’ai besoin que tu me questionnes.
J’ai besoin de ne pas me perdre.
Juste que nous (nous) construisions ensemble. Nous.
Nous c’est toi, et c’est moi ; et c’est toi-et-moi. Mais pas que toi-et-moi. Toi et Moi. 

Elle a arrêté de lui écrire pour continuer d’écrire l’histoire. L’histoire qu’elle était en train de raconter. La leur. Pour eux. Pour tout le monde. Pour ne pas oublier. Ne rien perdre. Elle a senti qu’elle avait faim. Les pinces de crabe étaient loin. Mais elle en avait marre de la vraie cuisine. Elle avait juste envie de ses choses habituelles. Simples. Presque pauvres. Le jour de la visite de la ville en vélo ils étaient allés dans un supermarché parce qu’il fallait qu’elle s’achète du shampoing. Elle en avait profité pour acheter des flocons d’avoine. Au cas où. Le matin il était sorti acheter du lait de vache – pendant qu’ils dormaient, son ami dans le sac de couchage par terre, et elle dans le lit à voile. Il ne mangeait plus rien à base de lait de vache. Ni fromage ni rien du tout. Ni desserts. Elle a eu une folle envie de manger des flocons d’avoine avec du lait et du sucre. Elle s’en est préparé un grand bol. Elle en a repris. Elle s’est dit qu’elle adorerait partager avec lui des flocons d’avoine avec du lait, même du lait de soja. 

Ça marchait. Elle se détendait. Elle retrouvait la sensation du réel du corps. Elle sentait à nouveau sa fatigue. Le poids de la fatigue. Elle avait envie d’aller se coucher, tout de suite. Même s’il était à peine neuf heures et demie du soir, et qu’on était samedi. Elle serait allée se coucher. Mais elle avait l’intuition que si elle ne le rejoignait pas, avec ses gens, il ne comprendrait pas. Pas plus qu’un autre n'auarit compris. Juste au début d’une histoire. Elle, si, elle comprenait. Elle savait que ça n’avait rien à voir avec lui. Juste avec elle. Elle savait que ça avait à voir avec sa révolution du retour à la vie. Le partage de la vie. Des choses de la vie. Se sentir aimée. Sentir la possibilité du bonheur. Elle savait que ça avait à voir avec l’après-mort. Mais elle ne voulait pas lui causer le moindre doute. Elle ne voulait pas qu’il puisse penser qu’elle n’avait pas envie d’être avec lui. Ou qu’il avait fait quelque chose de mal. Ou quoi que ce soit. Elle ne voulait pas qu’il se sente mal à cause d’elle. Pour rien au monde. Pour rien d'elle. Pas maintenant. En plus elle savait qu’il était avec ses gens et qu’il mourrait d’envie de la leur présenter. Elle savait ça. Et ça la rendait heureuse. Tellement. Que quelqu’un, lui, meure d’envie de la présenter. Elle, aux gens qui comptaient, pour lui.  

Elle est allée dans la salle de bain. Pour s’arranger. Il fallait s’arranger. Pour essayer de venir à bout de la fatigue qui se lisait sur le visage. Elle a maquillé ses cils. Ses yeux. Elle s’est mise du rouge sur les lèvres. Les cheveux. Que faire avec ces cheveux ? Comme d’habitude. Non. Elle les a laissés presque détachés. Juste avec deux petites barrettes. Elle pouvait sortir. Ça pouvait tromper son monde. Peut-être qu’il ne se rendrait compte de rien. Peut-être que les gens la trouveraient sympathique. Elle est sortie dans la rue. Il était déjà tard.