lundi 18 février 2013

Naissance




Quand je suis née
Ma mère était en train de se battre
Contre les nazis
 

J’ai été déportée
 

De l’amour
 

Jetée
 

Dans la folie des électrochocs







Nacimiento

  

Cuando nací
Mi madre estaba peleando
Contra los nazis
 

Fui deportada
 
 
Del amor
 

Echada
 

Dentro de la locura de los electroshocks

 




samedi 16 février 2013

Encuentro por el tiempo (XXI)

 
Así que él no quería de la «violencia» de ella. ¡Mirá vos! No se lo podía creer. Con lo que había aguantado ella. No. La loca no era ella. Lo único, era decirle que lo que llamaba «violencia» era reacción suya a algo suyo. O más bien reacción a algo que él no hacía. Reacción a su ausencia. A su silencio. Que lo que recibía como exaltación de ella era una llamada. Una llamada a que reaccionara. El. A que dijera algo. A que entendiera algo. Entendió. Entendió eso. Dijo que no había pensado en que algo así pudiera pasar, pero que entendía. Que podía ser. Que entendía que lo que sentía como violencia podía ser el eco que le devolvía ella a su ausencia. A la violencia esa. De él. Y, que entendiera eso, que esa ausencia de él le podía hacer daño a ella, la alivió. Alguna esperanza de retorno al entenderse. Se tranquilizó el tema. Como desarmar una bomba.
 
Cuando volvieron a hablar, después de que se hubieran acostado los alumnos del lugar donde laburaba él, hablaron de cosas banales y bonitas de la vida. Le comentó él de la luna, le la boda musulmana de sus primas, de sus Relojes. Le contó ella de su amiga embarazada que seguía viniendo a la clase de danza. Todo bien. Pero estaba cansado él. Muy cansado. Se desearon buenas noches. Estaba en paz ella. Pudo dormir. Volver a dormir. A la mañana siguiente despertó feliz. Con ganas de estar con él. De compartir con él. De estar abrazada a él. Sabía que tenía él un día largo de laburo. Que luego estaría frito. Que regresaría a su ciudad a pasar la noche con sus amigos de bares. A olvidar. Cuando tenía ganas ella de mantener el hilo con él. Cuando pensaba ella que la tormenta ya había pasado.
 
Esperó a que pasara la tarde. A que empezara la noche. Le mandó un mensajito cuando pensó que estaría en el tren. No contestó. Tres horas después, la llamó. Muy superficial. De nuevo muy superficial. Había salido a cenar con su amigo con edad de casi padre. Estaba más lejano que nunca. El cansancio de los días de laburo. Seguro. No se pudo intercambiar nada. Nada. Como que él estaba harto, y ya. Cortaron. Con palabras vacías. Se llenó de vacío ella. Del vacío de él. Y sintió que no saldría fácilmente.
 
A las 23h mandó un mensajito diciendo que pensaba que no iba a lograrlo. Que pensaba que él no tenía ganas.
No contestó.
 
A las 00h35 mandó un mensajito para preguntarle si dormía.
No contestó.
 
Se pasó la noche en blanco ella. Se levantó para tragarse dos ansiolíticos. No sirvió.
 
A las 5h de la mañana miró una peli: La bella gente. Una película italiana. Sobre una pareja pequeño-burguesa que recoge a una joven prostituta explotada por inmigrada. Que la ayuda con tal que se porte como quieren ellos; que se quede sombra agradecida. Un tema familiar para ella. Volvió a acostarse cuando terminó la peli. Se levantó lo más tarde posible. Y cuando se levantó, se entretuvo corrigiendo un texto en que trabajaba.
 
A las 15h lo llamó.
No contestó.
Pensaba que había ido a comer ostras en el mercado, como de costumbre.
Mandó mensajito él: «Lo siento. No es el momento. Te llamo más tarde.»
Lapidario.
Se quedó paralizada ella. Otra vez el parálisis.
 
Llamó a una amiga. Se puso a escribir. Miró otra película: Pieds nus sur les limaces. Sobre dos hermanas. Una cuidando de la otra – enferma de la cabeza. Muy poética. Mas seguía la angustia. A lo bestia. El dolor de cabeza. Se tomó de vuelta dos ansiolíticos. Y paracetamol.
 
A las 23h35 mandó un mensajito diciendo que había estado enferma. No quería caer en la porquería del chantaje afectivo, mas realmente padecía, y no entendía. No entendía por qué y cómo seguía el silencio de él.
No contestó.
Se acostó ella.
 
A las 00h30 llamó ella. Por más que supiera que estaba cayendo en lo muy patético. Se sentía completamente superada. Al borde del precipicio – y sin paracaídas.
No contestó.
Hizo lo que pudo para dormirse ella.
 
Al día siguiente – domingo – seguía sin la más mínima señal de vida.
Escribió. Lo que le había aconsejado la amiga. Le escribió a él. Le escribió con benevolencia. Con ternura. Esperanza.
Le mandó lo que había escrito por correo electrónico.
Por mensajito, le dijo que le había mandado correo electrónico.
Nada.
Llamó ella.
Nada.
Se sentía tan… patética. Ridícula. Dolorida.
 
Llamó a un amigo que tenían en común los dos. Un amigo de él, que había conocido ella, al conocerlo a él. En el momento en que había ingresado en el conservatorio de arte dramático. Cuando frecuentaba el bar de enfrente de su casa donde hacían esas fiestas a lo Kusturica. Le contó lo mal que estaba. Cómo estaba sin noticias de él desde hacía dos días. El amigo estaba… exasperado. Si seguía portándose así, desapareciendo, huyendo… No podía ser. ¡Obviamente se volvía loca ella! ¡Porque eso que hacía él era para volver loco! Y ya no tenían veinte años. El amigo dijo que lo que más le exasperaba de él, era su indolencia. Y añadió eso, que le llamó mucho la atención a ella: que parecía que no había manera de conocerle. También dijo que ella tenía derecho a dormir – él había sabido de los insomnios de antes. Que no podía impedirle dormir así. La conmovió a ella, todo eso que decía el amigo. Sí que la cuidaba él. El amigo.
 
No llamó. En todo el día no llamó él.
Por eso, antes que acostarse tomó aquella decisión ella: ir a verle a la mañana siguiente.
Miró los horarios de trenes. El boleto costaba mucha plata. Y no sabía si hacer eso no era otra locura más. Sin embargo pudo concederse – a sí misma – que no podía hacer otra cosa. Esperar más. Mantenerse presa del silencio y la desaparición. De él.
 
 
 
 
 
 
 
Rencontre à travers le temps (XXI)
 
 
Donc, il ne voulait pas de sa « violence ». Alors ça ! Elle n’en croyait pas ses yeux. Quand on savait ce qu’elle avait contenu. Non. Ce n’était pas elle, la folle. La seule chose qu’elle pouvait encore faire, c’était lui dire que ce qu’il appelait « violence » n’était qu’une réaction à quelque chose à lui. Ou plutôt réaction à quelque chose qu’il ne faisait pas. Réaction à son absence. A son silence. Que ce qu’il recevait comme de l’exaltation n’était rien d’autre qu’un appel. Un appel à ce qu’il réagisse. Lui. A ce qu’il dise quelque chose. A ce qu’il comprenne quelque chose. Il a compris. Il a compris ça. Il a dit qu’il n’avait jamais pensé que quelque chose comme ça puisse se produire, mais qu’il comprenait. Que ça lui semblait possible. Qu’il comprenait que ce qu’il pensait être de la violence pouvait n’être que l’écho de son absence. De cette violence-là. A lui. Et qu’il comprenne ça, que son absence puisse lui faire du mal, à elle, ça l’a apaisée. Espoir de retour à la compréhension. Ça s’est calmé. Comme désamorcer une bombe.
 
Quand ils se sont reparlés, après que les élèves de l’endroit où il travaillait se soient couchés, ils ont parlé des choses toutes simples de la vie. Il a parlé de la lune, du mariage musulman de ses cousines, de ses Horloges. Elle a parlé de son amie, qui était enceinte, et qui continuait à venir au cours de danse. Tout allait bien. Mais il était fatigué. Très fatigué. Ils se sont souhaité bonne nuit. Elle était apaisée. Elle a pu s’endormir. Renouer avec le sommeil. Le lendemain elle s’est réveillée heureuse. Avec l’envie d’être auprès de lui. De partager avec lui. D’être enlacée à lui. Elle savait qu’il avait une longue journée de travail. Qu’après, il serait cuit. Qu’il rentrerait dans sa ville, pour passer la soirée avec ses amis des bars. A oublier. Alors qu’elle, elle avait envie de garder le fil avec lui. Alors qu’elle, elle pensait que l’orage était passé.
 
Elle a attendu que l’après-midi passe. Que la soirée arrive. Elle a envoyé un message quand elle a pensé qu’il serait dans le train. Il n’a pas répondu. Il l’a appelée trois heures après. Tout à fait superficiel. A nouveau. Il était sorti dîner avec son copain à l’âge d’être presque son père. Il était plus lointain que jamais. La fatigue des jours de travail. Sûrement. Ça n’a pas été possible d’échanger quoi que ce soit. Rien. Du genre « j’en ai marre, je ne veux rien savoir ». Ils ont raccroché. Avec des mots vides. Elle s’est remplie de vide. De ce vide. Et elle a senti que ça n’allait pas ressortir facilement.
 
A 23h elle a envoyé un message disant qu’elle pensait qu’elle n’y arriverait pas. Qu’elle pensait que c’était lui qui n’avait pas envie.
Il n’a pas répondu.
 
A 00h35 elle a envoyé un message pour demander s’il dormait.
Il n’a pas répondu.
 
Elle n’a pas dormi de la nuit. Elle s’est levée prendre deux anxiolytiques. Ça n’a servi à rien.
 
A 5h du matin elle a regardé un film : La bella gente. Un film italien sur un couple petit-bourgeois qui recueille une jeune prostituée immigrée exploitée. Qui l’aide, à condition qu’elle ne se comporte que, comme ça les arrange – comme une ombre reconnaissante. Un sujet familier pour elle. Quand le film s’est terminé, elle est allée se recoucher. Et elle ne s’est relevée que le plus tard possible. Et puis elle s’est occupée, à corriger un texte sur lequel elle travaillait.
 
A 15h elle l’a appelé.
Il n’a pas répondu. Elle pensait qu’il était allé manger des huitres au marché, comme il faisait d’habitude.
Il a envoyé un message : « Je suis désolé. Ce n’est pas le moment. Je t’appelle plus tard. »
Lapidaire.
Elle est restée paralysée. A nouveau, la paralysie.
 
Elle a appelé une amie. Elle a écrit. Elle a regardé un autre film : Pieds nus sur les limaces. Sur deux sœurs. L’une s’occupant de l’autre – atteinte de maladie mentale. Bouleversant de poésie. Mais l’angoisse persistait. Féroce. Le mal à la tête. Elle a repris deux anxiolytiques. Et du paracétamol.
 
A 23h35 elle a envoyé un message disant qu’elle avait été malade. Elle ne voulait pas tomber dans la vulgarité du chantage affectif, mais elle avait vraiment mal, et elle ne comprenait pas. Elle ne comprenait pas pourquoi et comment son silence durait.
Il n’a pas répondu.
Elle s’est couchée.
 
A 00h30 elle a appelé. Tout en sachant combien elle sombrait dans le pathétique. Mais elle se sentait absolument dépassée. Au bord du précipice – et sans parachute.
Il n’a pas répondu.
Elle a fait ce qu’elle a pu, pour essayer de s’endormir.
 
Le lendemain – dimanche – toujours pas le moindre signe de vie.
Elle a écrit. Comme le lui avait conseillé son amie. Elle lui a écrit. Elle lui a écrit avec bienveillance. Avec tendresse. Espoir.
Elle lui a envoyé par mail ce qu’elle avait écrit.
Elle lui a envoyé un message disant qu’elle avait envoyé un mail.
Rien.
Elle a appelé.
Rien.
Elle se sentait si… pathétique. Ridicule. Blessée.
 
Elle a appelé un ami commun. Un ami à lui, qu’elle avait connu, en le connaissant. Au moment où elle était entrée au conservatoire de théâtre. Quand elle avait fréquenté le bar d’en face, où avaient lieu ces fêtes à la Kusturica. Elle lui a dit qu’elle était mal. Qu’elle était sans nouvelle de lui depuis deux jours. Son ami était… exaspéré : S’il continuait à se comporter comme ça, à disparaître, à fuir… Ce n’était pas possible. Bien sûr que ça la rendait folle ! C’était à rendre fou ! Et ils n’avaient plus vingt ans. Cet ami a dit que, ce qui l’exaspérait le plus, de lui, c’était sa nonchalance. Et il a ajouté quelque chose qui l’a interpelée : il a dit qu’on avait l’impression qu’on ne peut pas le connaître. Qu’elle avait le droit de dormir – il avait su ses insomnies d’avant. Qu’il ne pouvait pas l’empêcher de dormir comme ça. Ça l’a émue. Ce que disait son ami. Sa façon de prendre son d’elle. Lui.
 
Il n’a pas appelé. De toute la journée, il n’a pas appelé.
C’est pour ça qu’avant d’aller se coucher, elle a décidé ça : aller le voir le lendemain.
Elle a regardé les horaires de train. Le billet coûtait cher. Et elle ne savait pas si elle n’était pas encore en train de faire une folie. Elle a quand même pu se concéder – à elle-même – qu’elle ne pouvait pas faire autrement. Attendre davantage. Rester prisonnière de son silence et de sa disparition. A lui.
 
 
 
 
 
 
 
 

dimanche 3 février 2013

Encuentro por el tiempo (XX)


Era el día siguiente y no había llamado él. Como tampoco lo había hecho la víspera. Tenía que ir haciendo sus cosas ella. La boya de salvavidas. Lo que había encontrado hasta ahí para intentar sostenerse de alguna que otra manera. Las posibilidades de ella. Pagar a gente. Profesionales. Aquella mañana también, la ayudó para disipar algo el malestar. El malestar debido a la derrota de la comprensión – entre ellos dos. Al abismo que había  dejado. La duda. ¿Quién es el loco? Siempre la misma pregunta para ella. Cuando la derrota del entenderse. ¿Que si porque era loca no la entendían? ¿Que si por eso era? No. No estaba loca. Lo comprobó en sus lugares de ubicación. La «fisiología» no existía, no. Y sí, había dado un paso grande al poder enunciar eso: «Soy lo que soy. Te gusté o no te gusté.».
 
Volvió a llamarlo. Ella. Estaba en el tren que lo llevaba al infierno del laburo. No podía hablar. Dijo que la llamaría a la noche. Cortaron. Otra vez. Aguantó. Ella. La tarde. Cuando por fin llamó. El. Cuando por fin pudo soltar algo de lo que contenía y la ahogaba. Ella. Cuando por fin pudo afirmar que, no, nada era sencillo. Que las cosas, había que hablarlas. Que había que entregarse algo el uno al otro, si algo se quería generar. Experimentar. Construir. Que pensar que las cosas funcionaban o no por motivo exterior era fantasma. Visión adolescente – tampoco sabía aun ella que también tenía que ver con el pensar musulmán: «Está escrito». Y ella diciéndole que las cosas las escribía uno. Y ninguna otra potencia mágica. Y él contestándole que iba empezando ella la casa por el tejado.
 
Y otra vez la duda. Y otra vez el «capaz fuera verdad». Capaz lo quería ya todo, igual que niña chica. No supo. Sólo se quiso agarrar al que habían compartido los cuerpos. Al que eso ya fuera significativo. Que tenía que considerarse como significativo. Para ella lo era. Y que, ya que parecía que querían construir juntos, no iban a portarse como niños de quince años. Que de lo que se trataba era respaldarse el uno al otro. Sólo. Ni más ni menos.
 
Quedó la niebla, cuando cortaron. Cuando cortaron la niebla no se había disipado, sino al revés. Le daba la sensación a ella de haber estado hablando sola. De seguir debatiéndose sola en pleno océano. Unheimlich. Inquietante extrañeza. Sólo conocía eso ella. Debatirse sola en pleno océano. Desde el inicio. El mismo momento del nacer. Sola. Frente a la panza asesina de la madre. Asfixia. Notaba cómo no conseguía hacer que disminuyera la asfixia. Apagó la luz. Desde la cama.
 
Porque seguía el dolor a la mañana siguiente, tuvo que aclararse algo. Tuvo que aclararse que algo, no. No podía. Que algo, con él, de él, a ella, la alborotaba en exceso. Algo que tuviera que ver con la ausencia. De él. Más allá de la presencia física. Del querer estar. Algo – de él – no estaba. Seguía sin estar. Y supo con certeza que era eso lo que la alborotaba en exceso. E intuyó que él no sabía nada de eso, de esa ausencia suya. Cuando se sentía hasta en las caricias. Las de ella para él. Las de él para ella. Cuando se sentía hasta la piel. La piel de él. Y como consecuencia, la piel de ella. Pensó que capaz el dolor interno que no paraba de crecerle era eso no más. Que por la piel, y sin quererlo, la iba contaminando de ausencia. Que era eso. Sólo eso. Lo que le era tan insoportable. Y también, saber que ella, respecto a eso, no podía hacer nada. Absolutamente nada. Que sólo él. Que sólo él podía hacer algo para eso suyo. Cuando esa experiencia, ella, ya la había tenido hacía mucho. Muy temprano en la vida.
 
Y eso, aquella experiencia dolorosa desde el inicio de la vida, y durante mucho tiempo, había hecho que terminara comprendido eso: que el sentido del tacto – igual que los demás – funciona como reacción. Que hacen falta dos. Que uno siente algo. Que uno toca algo. Mas si lo que se toca es… ausente, se queda uno frente al abismo no más. Rodeado por el vértigo. Lleno de ausencia. Volvía a pensar en eso ella. Porque volvía a sentirlo. La ausencia de él hasta dentro de la piel. Ese dolor de él adentro suyo. Ese dolor de él que sabía ella que no sabía él. La angustia estaba ahí. Justo ahí. En el saber que eso hacía imposible la relación. La relación de piel. Amorosa. Ya que, inclusive si hubiera querido, ¿qué hubiera podido hacer él para cambiar las cosas? Sabía ella que… Lo único, era que entendiera, algo, de lo que decía ella. Mas en todo caso, ya olía a inicio… del fin.
 
Más allá de todo eso, sin embargo, necesitaba hablar con él. Intentar restablecer algo de comprensión. Quería estar con él. A pesar de todo. Por eso quería intentar de nuevo experimentar que con las palabras podían entenderse. Por lo menos con las palabras. Si por ahora no por otra cosa. La llamó a la noche. Estaba muy lejos. Muy frío. Lo que le dijo fue que aquella «violencia», de ella, no la quería. De nuevo se quedó sin palabras ella.
 
 
 
 
 
 
  
 
Rencontre à travers le temps (XX)

 
C’était le lendemain et il n’avait pas appelé. Comme il ne l’avait pas fait non plus la veille. Il fallait qu’elle vaque à ses occupations. Une bouée de sauvetage. Ce qu’elle avait trouvé jusque-là pour essayer de se soutenir un tant soit peu. Ses possibilités à elle. Payer des gens. Des professionnels. Ce matin-là encore, ça l’a aidée à dissiper un peu le malaise. Le malaise de la défaite de la compréhension – entre eux deux. A l’abîme que ça laissait. Le doute. Qui est fou ? Toujours cette même question pour elle. Face à la défaite de la compréhension. Est-ce que c’était parce qu’elle était folle qu’on ne la comprenait pas ? Est-ce que c’était pour ça ? Non. Elle n’était pas folle. Elle a pu le vérifier dans ses espaces de positionnement. La « physiologie » n’existe pas, non. Et oui, elle avait fait un grand pas en parvenant à dire ça : « Je suis comme je suis. C’est à prendre ou à laisser. ».
 
Elle l’a rappelé. Elle. Il était dans le train. Le train qui l’emmenait dans l’enfer du travail. Il ne pouvait pas parler. Il a dit qu’il la rappellerait le soir. Il a raccroché. Encore. Elle a pris sur elle. Elle. L’après-midi. Jusqu’à ce qu’il rappelle. Lui. Jusqu’à ce qu’elle puisse évacuer un peu de ce qu’elle contenait et qui l’étouffait. Elle. Jusqu’à ce qu’elle puisse dire que non, que rien n’était facile. Que les choses, il fallait en parler. Qu’il fallait se donner un peu, l’un à l’autre, si on avait envie que quelque chose se génère. S’expérimente. Se construise. Que penser que les choses fonctionnaient ou non du fait d’une force extérieure n’était que fantasme. Vision adolescente – elle ne savait pas encore que ça avait aussi à voir avec la pensée musulmane : « C’est écrit. ». Et elle continuait à lui dire qu’il n’y a que soi pour écrire les choses. Pas de pouvoir magique. Et il lui répondait qu’elle mettait la charrue avant les bœufs.
 
A nouveau le doute. A nouveau le « et si c’était vrai ». Peut-être qu’elle voulait tout, tout de suite, comme une petite fille capricieuse. Elle ne savait plus. Elle pouvait juste s’attacher au fait qu’ils avaient partagé les corps. Au fait que ça, c’était déjà signifiant. Qu’il fallait que ce soit considéré comme tel. Pour elle c’était signifiant. Et que, puisqu’il semblait bien qu’ils avaient envie de construire ensemble, ils n’allaient pas se comporter comme des gamins des quinze ans. Que ce dont il s’agissait, c’était de s’épauler l’un l’autre. C’était tout. Ni plus ni moins.
 
Le brouillard est resté, quand ils ont raccroché. Quand ils ont raccroché le brouillard ne s’était pas dissipé, au contraire. Elle avait l’impression d’avoir parlé toute seule. De continuer à se débattre toute seule au milieu de l’océan. Unheimlich. Inquiétante étrangeté. Elle ne connaissait que ça. Se débattre toute seule au milieu de l’océan. Depuis le début. Le moment même de la naissance. Seule. Face au ventre assassin de la mère. Asphyxie. Elle voyait bien combien elle n’arrivait pas à faire diminuer l’asphyxie. Elle a éteint la lumière. Dans son lit.
 
Parce que la douleur continuait toujours le lendemain matin, il a dû essayer de se clarifier les choses. Il a dû se clarifier que quelque chose, non. Elle ne pouvait pas. Que quelque chose, avec lui, à lui, la chambardait beaucoup trop fort, elle. Quelque chose qui avait à voir avec l’absence. A lui. Au-delà de la présence physique. De la volonté d’être-là. Quelque chose – de lui – n’était pas là. N’était toujours pas là. Et, elle a pu savoir avec certitude que c’était ça qui la chambardait beaucoup trop fort. Et elle a eu l’intuition que lui ne savait rien de ça, de cette absence à lui. Alors que ça se sentait jusque dans les caresses. Celles qu’elle lui donnait. Celles qu’il lui donnait. Alors que ça se sentait jusque dans la peau. Sa peau à lui. Et en conséquence, sa peau à elle. Et elle s’est dit que la douleur qui ne cessait de croître en elle n’était peut-être rien d’autre que ça. Le fait que, par la peau, et sans le vouloir, il la contaminait d’absence. Que c’était ça. Juste ça. Qui lui était si insoutenable. Et aussi, savoir qu’elle, elle n’y pouvait rien. Absolument rien. Qu’il n’y avait que lui. Qu’il n’y avait que lui à pouvoir faire quelque chose à cette chose à lui. Alors que cette expérience, elle, elle l’avait connue il y avait bien longtemps. Très tôt dans sa vie.
 
Et ça, cette expérience douloureuse dès le début de sa vie, et pendant longtemps, ça avait fait qu’elle avait fini par comprendre ça : que le sens du toucher – comme tous les autres – fonctionne comme réaction. Qu’il faut deux. Qu’il y en a un qui sent quelque chose. Qu’il y en a un qui touche quelque chose. Mais que si ce qu’on touche est… absent, on reste… au bord de l’abîme. Entouré par le vertige. Rempli d’absence. Elle repensait à ça. Parce qu’elle le sentait à nouveau. Son absence à lui jusque dans sa peau. Cette douleur à lui en elle. Cette douleur à lui qu’elle savait que lui ne savait pas. L’angoisse était là. Juste là. Dans le fait de savoir que ça rendait impossible la relation. La relation de peau. Amoureuse. Car, même s’il l’avait voulu, qu’aurait-il bien pu faire pour changer ça ? Elle savait bien… La seule chance qui restait, c’était qu’il comprenne, un peu, ce qu’elle disait. Mais de toute façon, ça sentait le début… de la fin.
 
Et par-delà tout ça, elle avait quand même besoin de lui parler. D’essayer de rétablir un peu de compréhension. Elle voulait être avec lui. Malgré tout. C’est pour ça qu’elle voulait encore essayer de faire l’expérience qu’avec les mots ils pouvaient se comprendre. Avec les mots, au moins. Si pour l’instant ce n’était pas possible autrement. Il l’a rappelée le soir. Il était très loin. Très froid. Ce qu’il a dit, c’est que cette « violence », à elle, il n’en voulait pas. Et à nouveau, elle est restée sans voix.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

mercredi 16 janvier 2013

Encuentro por el tiempo (XIX)

 
Cuando sonó el despertador de ella, seguía igual de presente el dolor de la víspera. Y seguía durmiendo él. Intentó buscarle algo ella. Mas dormía. Se levantó. Tenía una mochila grande que preparar. Un tren que tomar. Cuando salió de la ducha, había preparado él una mesa generosa de desayuno. Estaba de buen humor. Mucho mejor que el día anterior. Ella estaba fatal. Hubiera querido que lo notara él. Que dijera algo. Que la abrazara. Mas parecía que no se daba cuenta de nada. Realmente. Estaba de buen humor, y parecía que no estaba dispuesto a que algo le alterara dicho humor. Cuando ella estaba de nuevo sin saber qué hacer. Entre el dolor que no le paraba de crecer, y la indiferencia obstinada de él.
 
Quiso acompañarla a la estación. Ella no podía más. Si no le quería hacer caso, darse cuenta de qué le pasaba, que no se quedara al lado de ella. Como mínimo. Y crecía el desacorde entre la necesidad de ella, y la aridez de él. Llegaron al tranvía. Estaba a gusto él. Parecía. Llegaron a la estación. Con mucho tiempo por delante. No podía más ella. Quería que terminara ya esto. Que pasara ya. Propuso sentarse en un banco, porque sentía que le podían fallar las fuerzas físicas. Y aún quedaba tiempo. No podía más. Abrió la boca. Soltó algo. De eso que la iba ahogando. ¿Que si no notaba que estaba mal ella? ¿Que si no se daba cuenta de cómo estaba? ¿Qué si pensaba seguir haciendo como si nada? ¡Porque ella, eso, ni quería, ni podía! Y ahí, ocurrió, por fin, algo inesperado. A la exasperación y el terror de ella contestaron la paz y la ternura de él. Algo jamás experimentado. Para ella. Nunca jamás.
 
Se disculpó. El. Le pidió que le perdonara la torpeza. Le dijo que claro que se daba cuenta de que estaba mal ella. Pero que lo que pasaba sólo era que no sabía qué hacer. Que eso era lo que hacía que pareciera ausente. Cuando sólo estaba paralizado. Por no saber qué hacer. Para disipar el malestar de ella. Eso, la forma de decirlo, la dejó boquiabierta. Porque sentía que era sincero. Porque le conmovió semejante sinceridad y humildad. Dulzura. Porque los hombres de antes – los del «antes» de ella – le hubieran gritado, y la hubieran acusado de la impotencia de ellos. Le hubieran echado en cara que nada del malestar de ella les concernía a ellos. Que era asunto de ella. Que nada querían saber ellos. Cuando él, ahí, tierno, confesando la torpeza y pidiendo ayuda para remediarla. Cuando ya era hora de acercarse al andén. De subirse al tren. De separarse. Ahora no. Ahora ya no quería ella.
 
Justo antes de que se subiera al vagón ella, dijo eso él: Que era una auténtica caja de caudales, él. Que desde la ruptura con su expareja nadie había conseguido abrir la más mínima cerradura. Que ni había pensado poder sentir tanto, con ella. ¡Wau…! Se subía al tren ella. Con eso. Con semejante confesión. Declaración. Con semejante confesión de sensibilidad. Delicada. Mezclada con la sorpresa de ella de que no hubiera reaccionado él igual que hacía diez años. Con niebla. De cangrejo. En el tren se quedó con muchas ganas de él. Muchas ganas de seguir hablando con él. Muchas ganas de seguir conociéndole. Quería conocerle. De nuevo. La duda se había disipado. De nuevo. Mas hacía falta seguir poniéndole leña al fuego. Por eso estaba pendiente de que le dijera algo. De que le mandara algún mensajito de celular, o la llamara. No quería tomar de nuevo la iniciativa ella. No quería presionarlo. Quería confiar. Confiar en él. Confiar en que si no le presionaba, algo iba a querer darle. Decirle. Se quedó esperando todo el día. No dijo nada él.
 
Por eso empezó de nuevo a no entender nada ella. Si era tan así, de sensible, si había sentido el malestar de ella, si había experimentado la necesidad de soltar algo de él, de reanudar con ella, ¿por qué no hacía nada? ¿Por qué no decía nada? No entendía ella. Volvía a crecer la angustia. Como consecuencia. Mas no iba a quedarse así de pasiva. Igual que siempre, sin querer molestar a nadie, sin pedir nada, contentándose sólo con lo que le daban. Llamó. Lo llamó a él. Ya de noche. Algo tarde. Estaba en casa de unos amigos. Había ido a cenar con ellos. Pero estaba dispuesto para charlar algo con ella, claro. De nuevo parecía muy superficial todo. Muy superficial él. Desconectado de lo que había pasado a la mañana misma, en el andén, antes que separarse. Parecía distante. Como si no estuviera concernido. Y ella necesitando explicitarle el malestar suyo de la mañana. Queriendo que entendiera. Ya que ni habían evocado el por qué; sino sólo el por qué hacía él como si nada.
 
Comentó ella de eso de la «forma de vestir». De eso de la «frialdad». De eso de la «fisiología». Mas no dijo nada respecto al que se durmiera así. A lo cual comentó él de nuevo de su torpeza en decir las cosas. Volvió a pedir disculpas. Mas no era igual que a la mañana – algo que se escapaba de las entrañas, algo que confesaba la dificultad. Más bien sonaba a reproche: «Ya sé que he sido torpe. ¿Qué más querés?», algo así. No le gustó a ella. ¡No le gustó para nada! Al subtexto del «¿qué más querés?» contestaba a gritos internos: «Pues ¡que pensés en una alternativa a tanta grosería! ¡Que te las ingeniés para enfocar las cosas desde otro punto de vista! ¡Que elaborés algo más elegante!». Gritos INTERNOS. No dijo nada de eso. Obvio. Cuando él – al revés de eso que había pasado a la mañana – estaba como consolidando su posición – de oposición, a ella. Así que, insistió en que algo de ella no le convenía. En que necesitaba que se soltara más ella. Ella no dijo nada. Reprimió. No dijo todo aquello que había pensado, aquello que seguía pensando.
 
Sólo dijo que, por su propia historia, y más aún desde lo del león, era ella lo que era. Que eso tenía motivos. Que ella misma lo podía lamentar, pero que tampoco lo podía cambiar del todo, reescribir la historia. Que trabajaba ya para aceptárselo a ella. Pero que, claro, el tema era saber si él podía aceptarla así, tal como era. Nunca había dicho tan claramente algo así. Algo de la aceptación propia. Del pedir que la aceptaran. Cuando dio otro golpe él. Cuando dijo algo que ni se podía esperar ella. Cuando dijo que no se trataba de venir con algún «pasivo». Que el «pasivo» de uno, sólo era asunto de uno. ¡Algo, eso, que nunca le habían dicho aún! Dijo sin embargo que, obviamente, cada uno no llegaba virgen cuando se encontraba con otro. Que, precisamente, de este todo se trataba. Cuando dijo él que tenía que cortar porque no se quería perder el tranvía, y ya estaba muy tarde. Ella le dijo que claro. Que entendía. Pensó que la volviera a llamar al subirse al tranvía. Para seguir la charla. Se quedó esperando. Pasó la noche. No llamó.
 
 
 
 
 
 
 
 
Rencontre à travers le temps (XIX)
 
 
Quand son réveil a sonné, la douleur de la veille était toujours présente. Il dormait encore. Elle a essayé de le chercher un peu. Il dormait. Elle s’est levée. Elle avait un grand sac à dos à faire. Un train à prendre. Quand elle est sortie de la douche, il avait préparé une sacrée table de petit-déjeuner. Il était de bonne humeur. Bien mieux que le jour d’avant. Elle ne se sentait pas bien du tout. Elle aurait aimé qu’il s’en rende compte. Qu’il dise quelque chose. Qu’il la prenne dans ses bras. Mais on avait l’impression qu’il ne se rendait compte de rien. Véritablement. Il était de bonne humeur, et on avait l’impression qu’il n’était pas disposé à ce que quoi que ce soit vienne altérer cette humeur. Pendant qu’elle elle ne savait à nouveau plus quoi faire. Prise entre sa douleur à elle qui ne cessait de croitre, et son indifférence obstinée, à lui.
 
Il a voulu l’accompagner à la gare. Elle n’en pouvait plus. S’il ne voulait pas faire attention à elle, se rendre compte de ce qu’elle ressentait, qu’il ne reste pas à côté d’elle. C’était la moindre des choses. Le désaccord grandissait entre son besoin à elle, et son aridité à lui. Ils sont arrivés au tram. Il était bien. On aurait dit. Ils sont arrivés à la gare. Avec beaucoup d’avance. Elle n’en pouvait plus. Elle voulait que ça cesse. Que ça passe. Elle a proposé de s’asseoir sur un banc, parce qu’elle a senti que ses forces physiques pourraient lui manquer. Et il y avait encore du temps. Elle n’en pouvait plus. Elle a ouvert la bouche. Elle a lâché quelque chose. De ce qui l’étouffait. Est-ce qu’il ne voyait pas qu’elle était mal ? Est-ce qu’il ne voyait pas dans quel état elle était ? Est-ce qu’il pensait continuer à faire comme si de rien n’était ? Parce que ça, elle, ni elle ne le voulait, ni elle ne le pouvait ! Et là, quelque chose d’inespéré, enfin, est arrivé. A son exaspération et sa peur, à elle, ont répondu sa paix et sa douceur, à lui. Quelque chose qui ne lui était jamais arrivé, à elle. Absolument jamais.
 
Il s’est excusé. Lui. Il lui a demandé, à elle, de bien vouloir pardonner sa maladresse. Il lui a dit, à elle, que bien sûr, qu’il se rendait compte qu’elle était mal. Mais qu’il ne savait pas quoi faire, c’est tout. Que c’était juste ça, qui faisait qu’il avait l’air absent. Qu’il était juste paralysé. Par ça, parce qu’il ne savait pas quoi faire. Pour remédier à son malaise, à elle. Et ça, sa façon de le dire, ça l’a laissée bouche bée, elle. Parce qu’elle sentait que c’était sincère. Parce que cette sincérité et cette humilité l’ont émue. Cette douceur. Parce que les hommes d’avant – de son « avant » à elle – lui auraient crié dessus, et l’auraient accusée, elle, de leur impuissance, à eux. Ils lui auraient jeté à la figure que rien de son malaise à elle ne les concernait, eux. Que c’était son affaire, à elle. Qu’ils ne voulaient rien en savoir. Alors que lui, là, tendre, confessait juste sa maladresse, et demandait juste à être aidé pour y remédier. Quand il était déjà l’heure de se rapprocher du quai. De monter dans le train. De se séparer. Pas maintenant. Maintenant, elle n’en avait plus envie.
 
Juste avant qu’elle ne monte dans le wagon, il a dit ça : Qu’il était un vrai coffre-fort. Que depuis sa dernière rupture, personne n’avait réussi à faire sauter le moindre verrou. Qu’il ne pensait même pas pouvoir ressentir autant, avec elle. Waouh ! Elle montait dans le train. Avec ça. Cet aveu. Déclaration. Un tel aveu de sensibilité. Délicate. Mélangé à sa surprise, à elle, qu’il ait réagi si différemment d’il y avait dix ans. Pas de brouillard. De crabe. Dans le train, elle a continué à avoir envie de lui. Une vraie envie de continuer à parler avec lui. De continuer à le connaître. Elle avait envie de le connaître. A nouveau. Le doute s’était dissipé. A nouveau. Mais il fallait continuer à alimenter le feu. C’est pour ça qu’elle attendait qu’il dise quelque chose. Qu’il envoie un sms, ou qu’il appelle. Elle ne voulait pas en prendre encore l’initiative. Elle ne voulait pas l’étouffer. Elle voulait faire confiance. Lui faire confiance. Faire confiance au fait que si elle ne l’étouffait pas, il aurait envie de lui donner quelque chose. De lui dire quelque chose. Elle a attendu. Toute la journée. Il n’a rien dit.
 
Alors elle a recommencé à ne rien comprendre. S’il était tellement comme ça, sensible, s’il avait perçu son malaise, s’il avait fait l’expérience de la nécessité de faire sortir quelque chose de lui, de renouer avec elle, pourquoi est-ce qu’il ne faisait rien ? Pourquoi est-ce qu’il ne disait rien ? Elle ne comprenait pas. L’angoisse recommençait à monter. En conséquence. Elle n’allait pas rester dans cette passivité. Comme d’habitude à vouloir n’embêter personne, à ne rien demander, à se contenter tout juste de ce qu’on voulait bien lui donner. Elle a appelé. Elle l’a appelé. C’était déjà le soir. Un peu tard. Il était chez des amis. Il était allé dîner chez eux. Il était quand même disponible pour discuter un peu avec elle, bien sûr. Tout semblait à nouveau très superficiel. Très superficiel. Déconnecté de ce qui s’était passé le matin même, sur le quai, avant de se séparer. Il avait l’air distant. Comme s’il n’avait pas été concerné. Et elle, qui avait besoin de parler de son malaise du matin, de le lui expliciter. Qui voulait qu’il comprenne. Puisqu’ils n’en avaient même pas évoqué la cause ; qu’ils n’avaient parlé que du fait qu’il ait fait comme si de rien était.
 
Elle a parlé de la « façon de s’habiller ». De la « froideur ». De la « physiologie ». Elle n’a rien dit concernant le fait qu’il se soit endormi comme ça. En réponse, il a à nouveau évoqué sa maladresse pour dire les choses. Il s’est excusé à nouveau. Mais ce n’était plus comme le matin – quelque chose qui s’échappait du ventre, quelque chose qui confessait la difficulté. Ça sonnait plutôt comme un reproche : « Je sais bien que j’ai été maladroit. Qu’est-ce que tu veux de plus ? », quelque chose comme ça. Ca ne lui a pas plu. A elle. Ca ne lui a pas du tout plu ! Et à ce sous-texte du « qu’est-ce que tu veux de plus », elle a répondu par des cris intérieurs : « Eh bien, que tu réfléchisses à une alternative à cette grossièreté ! Que tu te remues pour envisager les choses différemment ! Que tu élabores quelque chose de plus élégant ! ». INTERIEURS. Elle n’a rien dit. Bien sûr. Tandis que – contrairement à ce qui s’était passé le matin – il semblait être à consolider sa position – d’opposition, à elle. Ainsi a-t-il insisté sur le fait que quelque chose d’elle ne lui convenait pas. Qu’il avait besoin qu’elle se donne plus. Elle n’a rien dit. Elle a contenu. Elle n’a rien dit de tout ce qu’elle avait déjà pensé, de tout ce qu’elle continuait à penser.
 
Elle a juste dit, qu’à cause de son histoire, et encore plus depuis le lion, elle était comme elle était. Qu’il y avait des raisons à ça. Qu’elle aussi elle pouvait le déplorer, mais qu’elle ne pouvait pas non plus complètement changer les choses, réécrire l’histoire. Qu’elle travaillait à se l’accepter. Mais que, bien sûr, la question était de savoir si lui, pouvait accepter ça, l’accepter comme elle était. Elle n’avait jamais dit aussi clairement, quelque chose comme ça. De l’acceptation d’elle. De la demande d’être acceptée comme ça. Mais il a encore donné un coup. Il a dit quelque chose qu’elle n’aurait pas même pu imaginer. Qu’il ne s’agissait pas d’arriver avec un « passif ». Que le « passif » de chacun était l’affaire de chacun, c’est tout. Un truc pareil, ça, on ne le lui avait encore jamais sorti ! Elle a juste dit, quand même, qu’on n’arrivait pas vierge quand on rencontrait quelqu’un. Et que, précisément, c’était de ce tout dont il était question. Il a dit qu’il devait raccrocher, parce qu’il ne voulait pas rater le tram et qu’il était déjà tard. Elle a dit que bien sûr. Qu’elle comprenait. Elle se disait qu’il allait rappeler en montant dans le tram. Pour continuer à parler. Elle a attendu. La nuit a passé. Il n’a pas appelé.